"Sólo sé que no sé nada" Sócrates. Aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir. Cuando esto aprendas estarás andando por la senda de la sabiduría.

viernes, 27 de abril de 2018

Fuego fatuo

FUEGO FATUO

En 1831 el General José Antonio Páez (Presidente de la República) y el bandido Dionisio Cisneros, el último Realista, se entrevistaron en las cercanías de Ocumare del Tuy.

La Batalla de Carabobo no significó la desaparición total de la resistencia armada realista en territorio venezolano, en las montañas de la Cadena del Interior al sur de los Valles del Tuy, en los límites con los llanos de Guárico, en los altos de Guatopo, se mantuvo una guerrilla, de más de doscientos bandidos, capitaneados por Dionisio Ramón del Carmen Cisneros Guevara, sargento del “Ejército Español” durante la guerra de Independencia. Entre 1821 y 1832 se dedicó con ferocidad y violencia al pillaje, al secuestro, al cobro de “vacuna de protección” en nombre del Rey Fernando VII, desconociendo al gobierno de Colombia, representado en el Departamento de Venezuela por el General José Antonio Páez.

La situación de anarquía representó un grave problema para encausar positivamente la producción agropecuaria de los Valles del Tuy, granero y despensa de la capital. El General José Antonio Páez en su” Autobiografía” narra los hechos de este encuentro con Cisneros, cuya síntesis presentamos a continuación.

Los hacendados abandonaron los campos tuyeros, la escasez de comida en Caracas, especialmente de maíz para la elaboración de arepas, obligó al gobierno a la búsqueda de una solución, el mismo Arzobispo de Caracas Dr. Méndez se queja ante el General Páez de la ausencia del pan de maíz. El Gobierno comisiona al General Felipe Macero, en septiembre de 1830, para que busque en sus madrigueras al bandido Cisneros, éste se escurre por los caminos que solo él conoce, se hace casi imposible someterlo, sin embargo, capturaron a un hijo de Cisneros y lo trasladaron a Caracas. El general Páez considera oportuno llevar adelante un plan distinto para vencer al bandido Cisneros, para lo cual asume una postura de protección y cariño con el muchacho, lo colocó en un colegio, lo vistió, le puso zapatos, lo cual era considerado en aquella época como un ascenso social. El General Páez decía que si le podía poner unos zapatos a Dionisio Cisneros estaba seguro que abandonaría el monte y sus acciones de pillaje guerrillero. Además le sirvió de padrino de Confirmación, con lo cual creaba un vínculo de compadrazgo, el cual era muy respetado por Cisneros quien era un católico ultramontano.

El General Páez, Presidente de la recién creada Republica de Venezuela, busca las vías conciliatorias para ganarse a Cisneros, quien tenía a Caracas pasando necesidad por la baja producción de comida en el Tuy. Se ve obligado en 1831 a separase de la Presidencia provisionalmente y trasladarse a la hacienda Súcuta, propiedad del Marqués del Toro, instalarse en el lugar cercano a Ocumare, donde llegaban campesinos que sabían dónde estaba Dionisio Cisneros. Organiza grandes saraos donde se toca, se canta y se baila un género musical antecedente del joropo tuyero, denominado “Carrizo”. Se elaboraban sancochos, carne asada y las sabrosas hallacas venezolanas y todo regado con el genuino aguardiente de caña que se fabricaba en varias haciendas de la región. De esta manera logro que llégase el mensaje a Cisneros:  “El Presidente Páez, el taita, quiere una entrevista con usted para buscar la paz”.

Se fija la entrevista en el sitio de Lagartijo al sur del rio Tuy, el General Páez llega a estos montes acompañado de dos edecanes y un antiguo lancero llanero que la acompañaba desde 1819. Páez ordena el lancero que anuncie su llegada al jefe de los bandidos, para lo cual tiene que subir a una roca inexpugnable donde se hallaba atrincherado Cisneros con más de doscientos bandidos todos armados con trabucos, pistolas y machetes. Media hora después regresa el lancero y le informa a Páez de la situación altamente peligrosa para su vida, pues Cisneros le había dicho con una sonrisa tenebrosa que sería recibido como se merece.

Páez asume el reto con sangre fría, sabe que las personas como Cisneros, peligrosos, y violentos sienten admiración por los hombres valientes, condición indispensable del caudillo de la época, quien en gesto romántico y caballeresco se juega la vida con arrojo para el logro de sus objetivos.

Sube la cuesta y llega a un paraje donde de repente del monte salen más de 200 hombres armados, dispuestos a poner fin a la vida del primer lancero del mundo, al enemigo jurado del Su Majestad Don Fernando VII. Al fondo de la espesura aparece la figura de un hombre alto, fornido, con rasgos indígenas en rostro, armado con dos pistolas en el cinto, en la mano una carabina de dos cañones, el cual se dirige al General Páez en los siguientes términos:

–Páez ¿Cómo se atreve a subir hasta aquí? ¿Qué viene a buscar, lo que no se ha perdido?–

El general Páez le responde:

–Vengo sólo a entenderme contigo para poner fin a esta guerra inútil, eres el último realista.

Responde Cisneros:

–Páez, no hay guerra inútil cuando se lucha por Dios y Su Majestad, a quienes soy fiel hasta el final.

–Tu ves, con mis hombres puedo luchar contra tus ejércitos, no les temo. Te he obligado a venir hasta acá y ahora te puedo fusilar en menos de lo que canta un gallo, quiero que veas la habilidad de mis hombres con las armas.

El General Páez confía en su capacidad de mando, sabe perfectamente que el bandido lo somete a una prueba, si flaquea o demuestra debilidad es hombre muerto. Con voz firme Páez ordena algunas maniobras que los hombres ejecutan con marcial precisión, se coloca delante para ordenar una carga de fuego, sabe perfectamente que le pueden fusilar. Cargan las baquetas y en un gesto supremo de locura o heroicidad ordena:

-¡Fuego!-

Cisneros en el momento oportuno hace un gesto y los disparos pasan rozando la cabeza del General Páez.

Cisneros admirado por el gesto de suprema valentía, le dice:

–Lo que no lograron sus ejércitos lo hizo su valor, de hoy en adelante cuenta con un amigo en las buenas y en las malas.

Fue así como el General Páez regresó a la Capital acompañado de Cisneros, se le dio el grado de coronel de la Republica. Años después le correspondió combatir al “Indio” Rangel y a Ezequiel Zamora, durante la “Revuelta Campesina” de 1846, en las cercanías de Villa de Cura.

Dionisio Cisneros muchas veces se salía de las normas y la legalidad y volvía a sus andanzas de bandidaje y pillería, afirmaba que su pacto era con el General Páez, no con las leyes de una república en la cual no creía. Cansadas las autoridades competentes de esas insubordinaciones, se le detuvo y se le sometió a consejo de guerra en Villa de Cura y fue fusilado.

Hoy queda el recuerdo de un terco realista, las leyendas y consejas de sus tesoros enterrados en diversos lugares del Tuy.
De esas leyendas traemos la siguiente, surgida desde los tiempos de la gesta independentista.

  La guerra de Independencia había terminado, pero en la zona del Tuy como en otras regiones del país, las guerrillas de pardos, negros libertos, esclavos alzados, indios y zambos seguían sembrando el terror y el pillaje. Uno de estos bandoleros  fue el tristemente famoso Dionisio Cisneros, un sargento de las tropas realistas, nacido en Baruta. Comandaba el forajido un grupo de bandidos formado por unas 200 personas, todos caracterizados por una violencia patológica, donde el objetivo era robar, saquear haciendas y despojar de todo objeto de valor a los viajeros, arrieros y transeúntes que se atrevían a tomar la vía del llano, como también otras  perversidades que les hacían a sus pobres victimas, golpeándolas,  violándolas e incluso llegando al crimen. Muchos  fueron los intentos del gobierno de José Antonio Páez, el legendario centauro de los Llanos, en esa época Venezuela era  un Departamento de la Gran Colombia. (1825-1830), para someter al  bandolero, incluso intentando sumarlo al ejercito de la República. Todo fue en vano, Cisneros continuó con sus ataques a las haciendas de la zona. La guarida principal del bandido estaba en los montes de la Fila de La Magdalena, jurisdicción de Cúa, era un sitio custodiado por familiares del bandido,. donde enterraba el producto de sus robos, con el mayor cuidado, para que ninguno de sus secuaces supiese el lugar.

     El miedo que producía Cisneros a los hacendados les obligaba a abandonar las fincas o  buscar la forma de ganarse su amistad, agasajándolo y cancelándole sumas de dinero para que les diera protección y les permitiera trabajar sin sobresaltos. Los obligaba a compartir sus ganancias. Así fue el bandido  acumulando muchos pesos y onzas de oro. Sin embargo lo que más dinero le generó,  fueron dos asaltos legendarios para época. En julio de 1827, suficientemente informado, se dirigió de Súcuta a los llanos de Altagracia de  Orituco, por las montañas de Quiripital, allí se apodero de más de 72.000 pesos en oro, producto de la Renta del Tabaco.

     El otro asalto famoso lo hizo a un arreo de mulas y burros que venían de las costas del Orinoco, de la región de Caicara, donde un General Elías Acosta tenía varias minas de oro. El general Acosta había acumulado en varios años de trabajo más dos mil kilos de pepitas de oro y cochanos, pero el grave problema que tenía era que no quería venderla a las traficantes y compradores de la zona. Consideraba Acosta que el precio era injusto. Y si tomaba la determinación de sacar la carga de oro por el Orinoco, era seguro que sería asaltado en el Delta. Estratégicamente, fue acumulando el oro poco a poco en Cabruta y lo fue camuflando con un cargamento de pescado salado que cada año debía salir para el Centro, antes de Semana Santa. Llegado el momento, aparentemente el cargamento salió en curiaras por el Orinoco vía Trinidad, para despistar a los ladrones de Guayana, Pero en verdad el oro salió con el pescado salado vía Caracas, pasando por el Tuy. Treinta burros y mulas con cincuenta hombres armados tomaron el camino de recuas, pasaron Las Mercedes del Llano y remontaron por San Rafael para caer por el camino de Cúa, pasando por San Casimiro por ser la vía más segura. Llevaban dos semanas de viaje y pocas leguas faltaban para llegar a Cúa, En las vueltas de la cañafístola los esperaban 150 hombres dirigidos por José Dionisio.

     Para el bandido era un asalto más, no sabía que debajo del pescado venía el oro. Confiados en la seguridad del camino la gente del General Acosta venían desprevenidos y no pudieron defenderse, ni usar las armas La sorpresa fue total, el numero de asaltantes de tres a uno. Los dominaron sin hacer un disparo y los dejaron amarrados a los árboles cercanos al camino, llevándose los burros y mulas, su áurea carga y las armas que traían. Cisneros no sabía que estaba haciendo el mayor asalto en la historia delictiva de Venezuela, hasta que las bandas actuales empezaron a robar blindados y le quitaron el record… La sorpresa del bandolero fue muy grande, no podía creer que debajo del pescado  y de los quesos llaneros, lo que había era oro de 24 quilates. Para evitar que sus secuaces se dieran cuenta de la existencia de un cargamento disimulado, se lo llevo a lo profundo del monte, con unos 8 hombres de su total confianza y lo enterró, como acostumbra hacer en estos casos, mataba a los enterradores del tesoro para que las almas en pena fueses los guardas de la fortuna bajo tierra. El pescado lo repartió entre sus compinches que lo colocaron en los mercados, con el auxilio de los campesinos.

     Pasado el tiempo Cisneros fue  compadre del General Páez. En un acto de valentía del Presidente, al internarse en las montañas de Súcuta, sin escoltas, para conversar con Cisneros, se lo ganó para la paz. Pero poco después, Cisneros volvió por sus fueros, fue sometido a Consejo de Guerra y fusilado en Villa de Cura.

     El tesoro del bandolero Cisneros, uno de los mayores de la historia, quedo enterrado en algún lugar de la Fila de La Magdalena, algunos buscadores de tesoros se han llevado sus sustos al tratar de encontrar este tesoro: Dos toneladas de oro cochano y más de 100.000 pesos oro, representan una tentación, que bien merece un sustico y un sobresalto. Algunas personas que viven en la zona montañosa, cuentan que   en las noches de verano, cercanas a la Semana Santa, ven luces que se expanden y se cierran. También se oyen  gritos desgarradores pidiendo auxilio.
¿Esas luces que se mencionan en esta leyenda serán de fuego fatuo?

Un fuego fatuo (en latín ignis fatuus) es un fenómeno consistente en la inflamación de ciertas materias (fósforo, metano, principalmente) que se elevan de las sustancias animales o vegetales en putrefacción, y forman pequeñas llamas que se ven arder en el aire a poca distancia de la superficie del terreno en lugares pantanosos y en cementerios. Son luces pálidas que pueden verse a veces de noche o al anochecer. Existen muchas leyendas sobre ellos, lo que hace que muchos sean reacios a aceptar explicaciones racionales.
En algunas zonas rurales de Venezuela existe la leyenda de que los fuegos fatuos son los espíritus del conquistador español Lope de Aguirre y sus hombres, que no encuentran reposo en el más allá y vagan por el mundo.
También se cree que estas llamas indican el lugar de un tesoro enterrado por los nativos indígenas antes y durante la colonización española. Sin embargo existe la creencia de que estas llamas solo pueden ser vistas por personas de buen corazón y sin ambiciones materiales, a quienes les está reservado y una vez obtenido debe hacerle misas al difunto para que su alma no siga en pena; caso de no hacerlo iría a la ruina y la desgracia en general caería sobre él y su familia. 
Curiosamente en el Japón se tiene una imagen similar acerca de las almas, el Hitodama en la que las almas se simbolizan como una llama o bola de humo azul o verde y se piensa que esta imagen tuvo su origen en los fuegos fatuos.

La bola de fuego de Naga puede ser un fenómeno similar.
Entre la población rural europea, especialmente en la cultura popular gaélica y eslava, se cree que los fuegos fatuos o "will-o'-the-wisp" (nombre común en el Reino Unido) son espíritus malignos de muertos u otros seres sobrenaturales que intentan desviar a los viajeros de su camino, alejándose cada vez que alguien trata de acercarse. A veces se cree que son espíritus de niños sin bautizar o nacidos muertos, que revolotean entre el cielo y el infierno. Modernas elaboraciones ocultistas los relacionan con la salamandra, un tipo de espíritu completamente independiente de los seres humanos (a diferencia de los fantasmas, que se supone que han sido humanos en algún momento anterior). También encajan en la descripción de ciertos tipos de hada, que pueden o no haber sido almas humanas.

En el folclore húngaro es conocido como lidérc y se suele crear colocando un huevo de gallina negra bajo una axila. Esta criatura protegerá y bendecirá con salud y riqueza a su dueño y creador. Igualmente, el fuego fatuo aparece en numerosas leyendas populares de las Islas británicas, siendo a menudo en ellas un personaje malicioso. En su libro British Goblins, William Wirt Sikes menciona una leyenda galesa sobre un fuego fatuo  en la que un campesino que vuelve a casa al anochecer avista una luz brillante moviéndose bastante por delante de él. Desde más cerca, logra ver que la luz es una linterna portada por una «pequeña figura oscura» a la que sigue durante varias millas. De repente se halla en el borde de una enorme sima con un rugiente torrente de agua corriendo bajo él. En este preciso momento el portador de la linterna salta cruzando el agujero, elevando la luz muy por encima de su cabeza y lanzando una risa maliciosa, tras lo cual apaga la luz dejando al pobre campesino lejos de su casa, sumido en la oscuridad al borde del precipicio. Ésta es una historia cautelar bastante común sobre el fenómeno, si bien los fuegos fatuos no siempre se consideran peligrosos; hay algunas leyendas que los hacen guardianes de tesoros, de forma muy parecida a como el leprechaun irlandés guiaba a los que tenían la valentía de seguirlo hasta riquezas seguras. Otras historias tratan sobre viajeros que se pierden en el bosque, se encuentran con un fuego fatuo y dependiendo de cómo le tratan éste los pierden aún más en él o le guían fuera.

Katherine Briggs menciona a Will el Herrero de Shropshire en su Diccionario de las hadas. En este caso Will es un herrero malvado a quien San Pedro le da una segunda oportunidad en las puertas del Cielo, pero que lleva tan mala vida que termina siendo condenado a vagar por la Tierra. El diablo le provee de un único carbón ardiente con el que calentarse, que entonces él usa para atraer a los viajeros imprudentes a los pantanos.
El equivalente australiano, conocido como la luz Min Min ha sido supuestamente visto en partes del interior después del anochecer. La mayoría de avistamientos han sido informados que habrían ocurrido en la región de Channel Country (la mayor parte de dicha región se encuentra en Queensland).
Las historias sobre las luces se pueden encontrar en el mito aborigen anterior a la colonización occidental de la región y desde entonces se han convertido en parte de la historia del folclore australiano. Los aborígenes australianos sostienen que el número de avistamientos ha aumentado junto con la creciente entrada de europeos en la región. De acuerdo con el folclore, las luces algunas veces siguen o se aproximan a la gente y desaparecían cuando eran disparadas, sólo para aparecer después.