"Sólo sé que no sé nada" Sócrates. Aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir. Cuando esto aprendas estarás andando por la senda de la sabiduría.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Biodiversidad: Jaguar


PANTHERA ONCA



√ Única de las cuatro especies actuales de este género que se encuentra en América. 

√ Es el mayor félido de América y el tercero del mundo, después del tigre(Panthera tigris) y el león (Panthera leo).

√ Su distribución actual se extiende desde el extremo sur de Estados Unidos continuando por gran parte de América Central y Sudamérica hasta el norte y noreste de Argentina. Exceptuando algunas poblaciones en Arizona
TAXONOMÍA
Nombre científico: Panthera onca
Phylum: Chordata
Clase: Mammalia
Orden: Carnivora
Familia: Felidae
Género: Panthera

Categoría: Vulnerable

Nombres comunes:
jaguar, yaguar, tigre, tigre mariposo, tigre americano, mádo (Yekuana), toobe (Warao), kaikusé/kamicharai/tümennen/wayamoikö (Pemón), panemé (Yaruro), öla/tuliapata (Sanema), buo jäwi (Piaroa), jkyo yëwi” (Jodi), sebraaba (Bari), ironasi (Yanomami)

 Jaguar es el nombre común más ampliamente conocido para esta especie, el origen de la palabra está más relacionado con el nombre yaguar, el cual viene de un vocablo tupí-guaraní, “yaguará”, que significa “la bestia salvaje que domina a su presa de un salto” (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1992). Al querer dar a conocer ese vocablo en sus lenguas nativas, autores franceses, ingleses, y alemanes lo transcribieron como jaguar (grafía también usada en portugués). Luego, el término fue adoptado por hispanohablantes, pero con el sonido gutural fuerte de la “j” en castellano, que es como se le conoce popularmente hoy en día, dejando así a la grafía yaguar como un uso esporádico (Ceballos y Fernández de Córdoba 1967, Real Academia Española 2005).

Descripción

Es el mayor de los félidos americanos. Posee un cuerpo robusto, con una altura de 0,7-0,8 m, cabeza ancha, garras delanteras grandes, patas cortas y macizas (Mondolfi y Hoogesteijn 1986, Seymour 1989). 
Los machos miden entre 1,7 y 2,4 m de largo (incluyendo la cola) y pesan entre 50 y 120 kg, mientras que las hembras miden entre 1,6 y 2,2 m y pesan de 40 a 90 kg (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1992, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1996, Sunquist y Sunquist 2009). 

En Venezuela los jaguares más grandes se han reportado en los llanos (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1996).
 Su color más común va de amarillo pálido a rojizo, con manchas negras de diferentes formas, cuyo patrón es único para cada individuo. El vientre es blanco o claro con manchas gruesas. En algunas poblaciones frecuentemente se pueden encontrar individuos de coloración melánica, pero en Venezuela hay pocos registros de esta tonalidad, todos ellos provenientes de áreas muy cálidas y húmedas al Sur del Orinoco (Mondolfi y Hoogesteijn 1986, Seymour 1989, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1992, Sunquist y Sunquist 2009). 

El jaguar evolucionó hace 1,8-2,0 millones años en Europa y Asia, donde los fósiles de la subespecie P. o. gombaszoegensis han sido reportados en varias localidades (Hemmer et al. 2001, Hemmer et al. 2010). 

La especie colonizó Norteamérica y América del Sur hace 0,8 millones de años por el puente de Bering y el istmo de Panamá (Simpson 1941, Kurtén y Anderson 1980, Webb 1985, Seymour 1989, Marshall y Sempere 1991, Turner, A. y Anton 1997, Arroyo-Cabrales 2002, Webb 2006). 

Se han reconocido nueve subespecies de jaguar a lo largo de su distribución geográfica (Pocock 1939, Seymour 1989, Larson 1997, Wozencraft 2005, Sunquist y Sunquist 2009). Pero en fechas más recientes, los estudios moleculares indican que no hay diferencias suficientes para distinguir subespecies; es más correcto llamarles como poblaciones genéticamente diferentes (Eizirik et al. 2001, Ruíz-García et al. 2006b). 

Los jaguares de Venezuela pertenecen a la subespecie P. o. onca, según la clasificación anterior (Seymour 1989).

 El jaguar es un carnívoro que se alimenta sobre todo de mamíferos y reptiles grandes y medianos. Han sido reportadas 85 especies de presas en su dieta, pero las de mayor importancia son los báquiros, venados, chigüires, cachicamos, tortugas y babas (de Oliveira 2002, Morales-Campos 2012). En varios lugares también comen ganado, lo que implica un conflicto con los ganaderos y una razón para la persecución de los jaguares (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1992, González-Fernández 1995, Hoogesteijn, R. et al. 2002, Morales-Campos 2012). 

Los machos y hembras con sus crías mantienen territorios diferentes, pero que se solapan. Se ha reportado una gran variación en el tamaño del territorio de los jaguares: desde 11 km2 en Belice y Costa Rica, hasta 100 km2 en Venezuela y 163 km2 en Pantanal, Brasil (Rabinowitz y Nottingham Jr. 1986, Crawshaw y Quigley 1991, Scognamillo et al. 2002, Scognamillo et al. 2003, Cavalcanti y Gese 2009, Tobler y Powell 2013). 

Las densidades también pueden ser muy variables y dependen significativamente de la abundancia de presas disponibles. Las densidades estimadas en varios estudios que utilizaron càmaras trampa oscilaron desde 0,2-1,1 jaguares por 100 km2 en hábitats secos hasta 10,0-12,0 jaguares por 100 km2, en hábitats húmedos y bosques tropicales (Soisalo y Cavalcanti 2006, Moreira et al. 2008, Paviolo et al. 2008, Maffei et al. 2011, Tobler y Powell 2013). Sin embargo, en la mayoría de estudios los autores usaron los modelos de captura-recaptura no espaciales, los cuales sobreestiman las densidades reales aproximadamente 2 veces (Foster y Harmsen 2012, Tobler y Powell 2013).
Distribución

En el pasado Panthera onca se distribuyó con una amplitud que se extendía desde el suroeste de los Estados Unidos hasta el norte de Argentina, en un intervalo altitudinal que va desde el nivel del mar hasta los 2500 m (Seymour 1989). Hoy en día esta área se ha reducido en al menos un 46% de su distribución histórica (Sanderson et al. 2002a, Rabinowitz y Zeller 2010). En Venezuela, su distribución histórica abarcaba casi todo el territorio nacional, a excepción del estado Nueva Esparta y las áreas de mayor altitud de la cordillera de Los Andes (Ojasti y Brull 1981c, Bisbal 1987b, Bisbal 1989, Giacopini 1992, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1992, Medina Padilla et al. 1992, Linares 1998). En la actualidad Panthera onca solo es relativamente común al sur de Orinoco, en Delta Amacuro, sierra de Perijá, sur del lago de Maracaibo y partes de los Llanos occidentales. Además, hay poblaciones aisladas en Falcón, en algunas áreas de la Cordillera de la Costa, en la serranía de Turimiquire y en Los Andes (Jedrzejewski et al. 2011, Isasi-Catalá 2013, Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a, Hoogesteijn, A. et al. en prensa, Jedrzejewski et al. Datos no publicados). 

Por lo general la especie se encuentra asociada a varios tipos de cobertura vegetal con disponibilidad de agua y abundancia de presas. Sus hábitats preferidos son diferentes tipos de bosques, en especial los húmedos o inundados, incluso los manglares y mosaicos de bosques y sabanas estacionalmente inundados o con fuentes de agua permanente. La especie ha sido reportada también en pastizales, matorrales y zonas secas (Mondolfi y Hoogesteijn 1986, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1987, Seymour 1989, Quigley y Crawshaw Jr. 1992, Rabinowitz 1992, Nowell y Jackson 1996, Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a, Jedrzejewski et al. Datos no publicados).

Situación

Hasta los años cincuenta Panthera onca presentaba una amplia distribución en Venezuela, sin embargo, en esa década y en la de los sesenta y setenta, los jaguares fueron reducidos o eliminados de varias localidades, en especial de los llanos, debido a la intensa cacería para suplir el comercio peletero y como represalia por problemas de depredación (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1987, Giacopini 1992, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1992, Rabinowitz 1992, Linares 1998, Hoogesteijn, R. et al. 2002, Jedrzejewski et al. 2011, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). 

Durante las siguientes décadas la especie sufrió aún más debido a la deforestación y la cacería. 

Hoy día la distribución del jaguar se ha reducido hasta aproximadamente 65% del territorio de Venezuela (Jedrzejewski et al. 2011, Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a). Pareciera estar todavía estable en Amazonas, Delta Amacuro y gran parte del estado Bolívar, excepto al noreste de Bolívar, en la zona de la serranía de Imataca, donde está disminuyendo debido al aumento de la población humana y la intensa deforestación (Oliveira-Miranda et al. 2010c, Jedrzejewski et al. 2011, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). 

En áreas boscosas de la cuenca alta del Caura se ha estimado una población de 2,3 jaguares/100 km2(Perera-Romero et al. 2013). Sin embargo, los efectos de la cacería alrededor de los campamentos mineros constituyen una seria amenaza para Panthera onca(Perera-Romero et al. 2013, Perera-Romero et al. 2014). 

En los llanos occidentales está recuperándose lentamente y se encuentra una población continua, con una amplia distribución desde el estado Apure a través de partes de Portuguesa, Barinas, Cojedes y Guárico, hacia los límites de Aragua y Miranda. En Apure y Guárico hay varios nuevos registros, luego de más de 50-60 años de ausencia. Sin embargo, en algunos sectores de los llanos, por ejemplo alrededor de Caparo en Barinas y en Portuguesa, está disminuyendo debido al aumento de la población humana, la deforestación y la ganadería (Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a, Jedrzejewski et al. Datos no publicados). En la cordillera de los Andes se encuentran muy fragmentadas sus poblaciones y existen extensas áreas donde no han sido registradas en los últimos veinte años (Jedrzejewski et al. 2011, Jedrzejewski et al. 2014a, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). Al norte de Venezuela, en especial en la Cordillera de la Costa, serranía de Turimiquire, sierra de Aroa (Yaracuy), sierra de San Luis y en otras partes de Falcón, Panthera oncadesapareció casi totalmente en los últimos veinte años (Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). Agrupaciones aisladas y en proceso de reducción quedan en el sureste de Falcón, en Miranda al este de la Cordillera de la Costa, desde el parque nacional Guatopo hacia la serranía El Bachiller y también en partes del macizo de Turimiquire. En el parque nacional Guatopo se estimó una densidad de 2,2 jaguares/100 km2(Isasi-Catalá 2012, Isasi-Catalá 2013). En la sierra de Perijá, pareciera ser más estable, aunque la intensa deforestación y el desarrollo agrícola que hay en el lugar amenazan su futuro (Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a). En el parque nacional Ciénaga del Catatumbo hay una alta densidad de hasta 10 a 15 jaguares/100 km2 (Puerto 2012), pero el animal sufre una fuerte presión antrópica debido al aumento de la actividad ganadera y la cacería intensa (Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a, Jedrzejewski et al. Datos no publicados). En general, la cacería de la especie existe en toda Venezuela en los sitios donde todavía subsisten (Jedrzejewski et al. 2011, Isasi-Catalá 2013, Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). Además se debe mencionar que se conoce muy poco sobre la variación y la estructura genética de P. onca, aunque su gran diversificación morfológica (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1996) y de coloración sugieren una alta variabilidad genética. Gran parte de esta variedad puede perderse, ya que en muchas regiones del país sus poblaciones ya han sido exterminadas o están aisladas y en franca disminución (Jedrzejewski et al. 2011, Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a). A escala global, se halla clasificado en la categoría Casi Amenazada (Caso et al. 2008b, IUCN 2014). Sin embargo, se le considera Extinto en El Salvador y Uruguay; En Peligro Crítico en Estados Unidos, Honduras y Panamá, y Vulnerable en Argentina, Perú y Colombia. En Ecuador, la subespecie Panthera onca onca (Amazonía) está calificada como En Peligro y la subespecie Panthera onca centralis (Costa) clasificada En Peligro Crítico (Eisenberg 1989, Swank y Teer 1989, Emmons 1990, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1990a, Pulido 1991, Bertonatti y González 1993, Rodríguez-Mahecha et al. 2006, Caso et al. 2008b, Tirira 2011).
Amenazas


En la década de los cincuenta y hasta los setenta, la principal amenaza de la especie fue la cacería para el comercio de su piel y como trofeo, calculándose entre 1968 y 1970 una exportación legal de más de 10.300 pieles de jaguar por año desde Latinoamérica (Grüber Díaz 1972, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1987, Seymour 1989, Nowell y Jackson 1996, Payán Garrido y Trujillo 2006, Puerto 2012, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). Hoy en día, la expansión de las poblaciones humanas constituye la más importante causa de su extinción (Altrichter et al. 2006). Las actividades humanas que más amenazan su supervivencia son la deforestación y otras transformaciones del hábitat, el desarrollo de la ganadería y la cacería, debido a la depredación de ganado y la cacería comercial (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1987, Hoogesteijn, R. et al. 1992, Rabinowitz 1992, Bertonatti y González 1993, Hoogesteijn, R. et al. 1993, González-Fernández 1995, Nowell y Jackson 1996, Hoogesteijn, R. et al. 2002, Sanderson et al. 2002a, Rabinowitz y Zeller 2010, Jedrzejewski et al. 2011, Jedrzejewski et al. 2014b, Hoogesteijn, A. et al. en prensa, W. Jedrzejewski obs. pers.). La cacería comercial de Panthera onca por sus pieles, colmillos, garras, carne y por la grasa (que en ocasiones se usa con fines medicinales), recientemente está cobrando de nuevo relevancia en Venezuela (Jedrzejewski et al. 2011, Carreño y Jedrzejewski 2013, Jedrzejewski et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). Muy importante es también la fragmentación del hábitat y la creación de barreras antrópicas, como zonas urbanizadas, carreteras y vías ferroviarias (Sanderson et al. 2002a, Jedrzejewski et al. 2009, Jedrzejewski y Lawreszuk 2009, Rabinowitz y Zeller 2010, Zeller y Rabinowitz 2011). La cacería oportunista o casual del jaguar sigue causando un especial daño en aquellos sitios donde la población humana y el número de cazadores son altos (Jedrzejewski et al. 2011, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). Finalmente, la cacería indiscriminada de sus presas naturales puede impactar en sus poblaciones al reducir su disponibilidad de alimento (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1990a, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1990b, Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1990c, Hoogesteijn, R. et al. 1993, Hoogesteijn, R. et al. 2002, Polisar et al. 2003, Jedrzejewski et al. 2011, Isasi-Catalá 2012, Perera-Romero et al. 2014, Hoogesteijn, A. et al. en prensa).
Conservación


En el ámbito internacional el jaguar está incluido en el Apéndice I de la Convención sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestres, por lo que su comercio está regulado (Cites 2014). En nuestro territorio, al norte de la línea Meta-Orinoco fue declarado Especie en Peligro de Extinción y se estableció su veda indefinida (Venezuela 1996a, Venezuela 1996b). La expansión de las poblaciones humanas constituye la mayor amenaza y la causa pricipal de extinción de los jaguares y en estas condiciones la creación de áreas protegidas es la medida más efectiva para su conservación (Hoogesteijn, R. y Mondolfi 1987, Quigley y Crawshaw Jr. 1992, Rabinowitz 1992, Sanderson et al. 2002a, Sanderson et al. 2002b, Altrichter et al. 2006, Sollmann et al. 2008, Isasi-Catalá 2010a). Por esta razón es muy importante tener una red suficientemente amplia de áreas protegidas, en especial de parques nacionales, que logren mantener las subpoblaciones más importantes en el país. Aunque muchos de los parques nacionales no funcionen de forma apropiada, aún constituyen algunas de las más importantes áreas para la salvaguarda del jaguar a escala nacional (Jedrzejewski et al. 2011, Isasi-Catalá 2012, Isasi-Catalá 2013, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). Es importante fortalecer los parques nacionales existentes, aumentando su superficie y mejorando su capacidad de protección dentro y fuera de los mismos; de igual manera, es primordial crear nuevos parques nacionales en regiones que pudieran mantener poblaciones importantes de la especie, sobre todo en Delta Amacuro, en la sierra de Imataca y el río Caura en el estado Bolívar, en la serranía El Bachiller en Miranda y Guárico, las galeras del Pao y en el sur de Portuguesa, en el sur y sureste de Barinas y en Falcón (Jedrzejewski et al. 2011, Isasi-Catalá 2013, Jedrzejewski et al. 2013, Perera-Romero et al. 2013, Jedrzejewski et al. 2014a, Perera-Romero et al. 2014). En paralelo, se debe crear y proteger una red de corredores ecológicos que es necesaria para asegurar el movimiento de Panthera onca, permitiendo el contacto entre poblaciones fragmentadas, asegurando así el flujo genético (Sanderson et al. 2002a, Sanderson et al. 2002b, Jedrzejewski et al. 2009, Jedrzejewski y Lawreszuk 2009, Rabinowitz y Zeller 2010, Payán Garrido et al. 2011, Isasi-Catalá 2012). Otra necesidad es cambiar las leyes y las sanciones relacionadas con la deforestación y la cacería ilegal para proteger las poblaciones que están fuera de los parques nacionales (Hoogesteijn, A. et al. en prensa). Por otro lado, la mitigación de los conflictos entre los jaguares y los ganaderos también es importante para reducir la cacería ilegal. Eso podría llevarse a cabo mediante algunas formas de ayuda a los ganaderos afectados por la depredación, por ejemplo, utilizando herramientas económicas. Ello podría incluir algún tipo de compensación por las pérdidas de ganado, disminución de los impuestos por prácticas conservacionistas, apoyo a las actividades de ecoturismo, así como la incorporación de los ganaderos y agricultores en las acciones de protección (Olmos Yatsing y González-Fernández 2008, Hoogesteijn, A. et al. en prensa). También sería apropiado fortalecer las propiedades privadas que tengan esquemas de turismo orientados al turismo de observación de jaguares, del cual ya hay experiencias positivas previas en el país (Hoogesteijn, R. et al. 2005, Hoogesteijn, A. y Hoogesteijn 2010, Hoogesteijn, R. y Hoogesteijn 2010). Por ejemplo, entre los años 2002 y 2007, se propuso la creación del «Refugio Privado de Jaguares Silvestres de El Baúl» que incluiría más de 130.000 ha pertenecientes a 14 hatos ganaderos, teniendo al jaguar como especie bandera y especie sombrilla para aumentar la conservación de la biodiversidad de la zona (Olmos Yatsing y González-Fernández 2008). Otra importante tarea sería desarrollar un programa educativo para incentivar la aceptación social de la presencia de la especie y para enseñar métodos que ayuden a evitar las pérdidas por depredación de ganado (Hoogesteijn, R. et al. 1992, Hoogesteijn, R. et al. 1993, Hoogesteijn, R. et al. 2002, Hoogesteijn, R. y Boede 2003, Olmos Yatsing y González-Fernández 2008, Hoogesteijn, A. y Hoogesteijn 2010, Hoogesteijn, R. y Hoogesteijn 2010, Isasi-Catalá 2010b, Hoogesteijn, R. y Hoogesteijn 2011). Por otra parte, se hace necesario concientizar a la población de que el jaguar es una especie que representa un bajo peligro para los humanos, ya que no existen jaguares que se dediquen sistemáticamente a matar y consumir humanos, tal como ocurre infrecuentemente con otras especies del género Panthera (león, tigre, y leopardo), y que de los pocos ataques a humanos, la abrumadora mayoría han ocurrido en situaciones de caza al félido (Hoogesteijn, R. et al. 2011, Hoogesteijn, R. et al. 2014).
Ilustrador:
Autores:
Wlodzimierz Jedrzejewski, María R. Abarca-Medina, Ernesto O. Boede, Rafael Hoogesteijn, Emiliana Isasi-Catalá, Rafael Carreño, Ángel L. Viloria, Hugo Cerda, Daniel Lew, Antonio J. González-Fernández, Lucy Perera y María Fernanda Puerto Carrillo
Cita sugerida

Jedrzejewski, W., Abarca-Medina, M. R., Boede, E. O., Hoogesteijn, R., Isasi-Catalá, E., Carreño, R., Viloria, A. L., Cerda, H., Lew, D., González-Fernández, A. J., Perera, L. y Puerto Carrillo, M. F. (2015). Jaguar, Panthera onca. En: J.P. Rodríguez, A. García-Rawlins y F. Rojas-Suárez (eds.) Libro Rojo de la Fauna Venezolana. Cuarta edición. Provita y Fundación Empresas Polar, Caracas, Venezuela. Recuperado de: animalesamenazados.provita.org.ve/content/jaguar-0 Sáb, 18/11/2017 - 03:28


Tomado de: 



viernes, 17 de noviembre de 2017

Biodiversidad

Mariposa braquíptera de la Culata
(Redonda empetrus)

Nombre científico:
Redonda empetrus

Phylum:
Arthropoda
Clase:
Insecta
Orden:
Lepidoptera
Familia:
Nymphalidae
Género:
Redonda
Categoría:
Vulnerable
Criterio:
B1ab(iii)+2ab(iii)
Nombres comunes:


mariposa braquíptera de la Culata, 
la Culata brachypterous brown.

Descripción

Mariposa de talla mediana con marcado dimorfismo sexual. El dimorfismo sexual es definido como las variaciones en la fisonomía externa, como forma, coloración o tamaño, entre machos y hembras de una misma especie. Se presenta en la mayoría de las especies, en mayor o menor grado.

En la mayoría de las especies de insectos, arañas, anfibios, reptiles, aves rapaces, etc. las hembras son más grandes que los machos, mientras que en los mamíferos el macho suele ser el de mayor tamaño, algunas veces de modo muy notable.

la mariposa braquítera de La Culata tiene alas de color pardo claro matizado con algunas escamas blanquecinas y otras negras en ambas alas de la cara dorsal; en la zona ventral su aspecto críptico asemeja sustratos rocosos cubiertos de líquenes. El torno de las alas anteriores es obtuso en el macho, y redondeado en las posteriores con margen externo casi sin borde (Adams y Bernard 1981). Existe variación morfológica a lo largo de su distribución, pero se puede separar de otras especies similares por las marcas blancas en forma de flor de lis en la región ventral de las alas posteriores (Viloria et al. 2013 [2015]). Ambos sexos son variables en la extensión alar (machos entre 24 y 34 mm y hembras entre 18 y 26 mm), pero las hembras muestran alas considerablemente más cortas y angostas (Viloria et al. 2003). Se cree que las orugas se alimentan de plantas del género Calamagostris sp. (Poaceae) (Ferrer-Paris y Vitoria [sic] 2004).

Distribución

Anteriormente Redonda empetrus se consideraba de amplia distribución en la cordillera de Mérida, pero la reciente revisión taxonómica del género determinó que la especie es realmente endémica de la serranía de la Culata en los Andes venezolanos, entre los 3300 y los 4000 m de altitud (Viloria et al. 2013 [2015]). Suele estar asociada a formaciones vegetales de páramo con suelos pantanosos: su vuelo es bastante lento y el grado de sedentarismo en las hembras mantiene a esta mariposa en una estrecha conexión con sus hábitats (Ferrer-Paris y Vitoria [sic] 2004).

Situación


Los estudios acerca del tamaño y dinámica poblacional de Redonda empetrus son escasos. Sin embargo, se tienen reportes sobre la escasez relativa y aparente de las hembras en su ambiente natural, asociando este fenómeno con el elevado sedentarismo y cripsis de las hembras (Ferrer-Paris y Vitoria [sic] 2004). La especie se encuentra restringida a la serranía de la Culata, en un área menor a 900 km2(EOO). El análisis preliminar de su distribución sugiere que su hábitat está ligeramente fragmentado, ocupa un área menor a 120 km2(AOO), con una tendencia negativa en los últimos diez años que sugiere perdidas entre 35 y 60% del hábitat. Sin embargo, se requieren datos adicionales para confirmar estos estimados (Ferrer-Paris MSa). La especie fue considerada antes como Poco Común a nivel internacional y de Preocupación Menor a nivel nacional (Adams 1983, Rodríguez, J. P. y Rojas-Suárez 2008).

Amenazas

Redonda empetrus se encuentra amenazada por la pérdida de calidad y extensión de su hábitat. El ecosistema al cual se encuentra asociada está igualmente categorizado debido al incremento de la intervención humana en los últimos veinte años (Oliveira-Miranda et al. 2010c). Las principales causas de modificación de estos ecosistemas son la extensión de la frontera agrícola (especialmente para cultivos de papa), la ganadería de altura, la deforestación y los incendios (Durán y Castaño 2004). En la especie confluyen endemismo, localización en porciones muy discretas y disyuntas de ecosistemas altiandinos (páramos), así como dependencia exclusiva de sus hábitats para cumplir su ciclo de vida (Ferrer-Paris y Vitoria [sic] 2004) y altos niveles de sedentarismo. Todo ello las muestra vulnerables ante el acelerado ritmo de transformación de su localidad típica.
Conservación


La mayor parte de su hábitat se encuentra dentro del parque nacional Serranía de la Culata (Ferrer-Paris MSa). A pesar del alto porcentaje protegido, se trata de áreas que se encuentran en medio de regiones con un alto grado de actividad agropecuaria y en donde paulatinamente se han incrementado la densidad poblacional y la presión por el uso de la tierra. Visitas de campo corroboraron que en mayor o menor grado este ambiente ha estado sometido a alteraciones importantes generadas por la intervención humana (Ferrer-Paris y Vitoria [sic] 2004). En este sentido resulta fundamental el desarrollo de investigaciones acerca de su ecología y dinámica poblacional que permitan evaluar la capacidad de respuesta de la especie ante estos cambios.

Biodiversidad

Sapito verdirrojo de Piñango
(Atelopus pinangoi)

Nombre Científico: Atelopus pinangoi 
Nombre Común: Sapito verdirrojo de Piñango
Otros Nombres Comunes: Ranita de Piñango, sapito arlequín verdi-rojo, sapito rayado 
Descripción Morfológica:

Es una rana pequeña de aspecto alargado con el hocico medianamente proyectado. Los machos miden entre 3,1-3,2 cm y las hembras de 3,5 a 4,1 cm de longitud. Su dorso es verde, pardo-verdoso o verdoso-amarillento con manchas pardas irregulares. Su vientre es de color rojo sangre y los flancos son de la misma coloración que el dorso. Estos últimos están provistos de tubérculos conspicuos. Sus piernas son cortas.
Hábitat:

Vive en quebradas de selvas nubladas.

Habitos: Es una especie insectívora.

Reroducción y Longevidad:

Esta especie coloca sus huevos en hileras a lo largo del cauce de los cuerpos de agua, donde también se desarrollan los renacuajos.

Particularidades:

Las hembras son notoriamente más grandes que los machos.

Distribución:

Es endémica de Venezuela, específicamente de las tierras altas de la Sierra de la Culata, entre 2.300 y 2.990 m de altitud, en la cordillera de Mérida.

Presente en:
Biorregión los Andes

Aspectos Legales:

La especie está incluida en la Lista Oficial de Animales en Peligro de Extinción (Decreto N° 1.486 de la Presidencia de la República de fecha 11/09/1996).

Iniciativas para su Conservación:

La especie está considerada en Peligro Crítico “CR” tanto por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) como en el Libro Rojo de la Fauna Venezolana. Existe un urgente requerimiento de reiniciar nuevos programas de seguimiento en el área de distribución de la especie, debido a que sólo se conocen dos poblaciones aisladas adicionales a la localidad típica, las cuales no han sido estudiadas desde su reporte a mediados de la década de 1990. Actualmente la Oficina Nacional de Diversidad Biológica, Ministerio del Poder Popular para el Ambiente, está trabajando en definir los criterios para elaborar los libros oficiales de especies amenazadas de la República Bolivariana de Venezuela.

Información sobre el Peligro de Extinción

Amenazas:

El sapito verdirrojo de Piñango no ha sido observado desde mediados de la década de los noventa del siglo pasado, a pesar de que se han realizado búsquedas intensas para encontrarla. La localidad típica de la especie ha sido casi totalmente reemplazada por la horticultura, floricultura y ganadería de altura. Por tanto, se presume que sus poblaciones sean altamente susceptibles a la destrucción del hábitat, incluyendo contaminación de acuíferos por agrotóxicos, y alteraciones climáticas en la región. A diferencia de otros Atelopus, ningún ejemplar de museo estudiado hasta ahora ha estado infectado con el hongo quítrido (Batrachochytrium dendrobatidis).


jueves, 9 de noviembre de 2017

El viejo armario

El Viejo Armario

Charles Dickens
Eran las diez de la noche. En la hostería de los Tres Pichones, de Abbeylands, un viajero, joven aún, se había retirado a su cuarto, y de pie, cruzados los brazos contra el pecho, contemplaba el contenido de un baúl que acababa de abrir.
-Bueno, todavía debo sacar algún partido de lo que me queda -dijo-. Sí, en este baúl puedo invocar un genio no menos poderoso que el de Las mil y una noches: el genio de la venganza... y quizá también el de la riqueza... ¿Quién sabe?... Empecemos antes por el primero.

Quien hubiese visto el contenido del baúl, más bien habría pensado que su dueño no debería hacer mejor cosa que llevárselo a un trapero, pues todo eran ropas, en su mayor parte pertenecientes, por su tela y forma, a las modas de otro siglo, excepto uno o dos vestidos de mujer; pero ¿qué podía hacer con traje de mujer el joven cuya imaginación se exaltaba de ese modo ante aquel guardarropa híbrido? No eran días de Carnaval...

-¡Alto! Dan las diez -repuso de pronto-. Tengo que apresurarme, no vaya a cerrar la tienda ese bribón.

Y hablando consigo mismo se abrochó el frac, se echó encima un capote de caza, bajó, franqueó la puerta, siguió por la Calle Mayor hasta recorrerla casi toda, torció por una calleja y se detuvo ante el escaparate de un comercio.

Quizá fuese el único abierto de todo el pueblo. Detrás del escaparate se veían las más variadas mercancías: muebles, libros, gemelos, monedas de plata, alhajas, relojes, hierro viejo y artículos de tocador. La mayoría de estos objetos tenían un rótulo que indicaba su precio. Detrás de un mostrador enrejado se sentaba un hombre con la pluma sobre la oreja, como un contable que acabara de interrumpir una operación matemática para despabilar la luz de la vela. Porque, en medio de todas aquellas riquezas, el hombre del mostrador se alumbraba económicamente con una prosaica vela de sebo colocada en una vieja botella vacía.

También él, lo mismo que el joven de la hostería, animaba su soledad con un monólogo o con uno de esos diálogos cuyas preguntas y respuestas las hace uno mismo.

“Es una gran verdad, sí, señor. En un chelín hay un millón, como en un grano de trigo hay toda una cosecha para llenar un granero; el secreto consiste en colocar bien el chelín y en sembrar el grano de trigo en buena tierra. La inteligencia y el ahorro dan a los ceros valor poniéndolos a continuación de las cifras; la locura y la prodigalidad ponen la cifra a continuación de los ceros. ¡Qué maravillosa semana! Las doscientas libras esterlinas que me prestó hace diez años Tomás Evans han dado excelente fruto. El imbécil perdió mi pagaré; siempre hacía igual por su habitual negligencia. Eso sí, también habría perdido el dinero si se hubiera presentado al vencimiento, en vez de morir nombrando heredero a su hijo Jorge, aún más derrochador que él. Creo firmemente que Tomás Evans tuvo la intención de dejarme ese legado, aunque el joven me escribió reclamándome las doscientas libras esterlinas con el pretexto de que no pagué a su padre”.

-"Señor mío -le contesté-, presénteme el pagaré y haré honor a mi firma. No pido ningún requisito más: soy solvente. Venga usted mismo si no tiene confianza en su agente de negocios”.

"¡Sí, sí! Le pareció mejor correr mundo con una actriz y gastarse las rentas antes de cobrarlas, en Norteamérica, de donde creo que no regresará. Dicen que también él se ha hecho cómico... ¡Cómico!... ¡Cualquier día el teatro le indemnizará de lo que le ha costado! Razón tiene nuestro ministro, el reverendo señor Mac-Holy, cuando llama escuela de Satanás al teatro. Si Tomás Evans hubiera sabido que su hijo acabaría su educación en esa escuela, además del pagaré de las doscientas libras esterlinas me hubiera legado también todo el modesto patrimonio que tan mal invirtió el heredero réprobo. ¡Comerse con una actriz la herencia de Tomás Evans y acabar por dedicarse él mismo a las tablas!... Ese joven está perdido. ¡No seré yo quien vaya a verlo trabajar, ni aunque me regalase la entrada!”

El señor Benson, intérprete de este soliloquio, que ejercía el doble oficio de prendero y prestamista, era acaso igualmente ingrato con el teatro y con su difunto amigo Tomás Evans. Porque muchos de los artículos que había en su tienda procedían de esos pobres comediantes que él convertía en discípulos de Satán, y los había comprado hacía poco por la tercera parte de su valor, a consecuencia de la quiebra del empresario del coliseo de Abbeylands. Su última frase, pronunciada con la elocuencia de un fiel sectario del reverendo Mac-Holy, quizá fuera oída por el joven pupilo de la hostería de los Tres Pichones, quien después de echar una ojeada llena de curiosidad a través de los cristales entraba en aquel momento en la tienda.

-Para servirle, señor Benson -saludó-. Me alegro de que no haya cerrado aún. Deseo tratar con usted un pequeño negocio.

-¿Tiene usted algún reloj de más y algunas guineas de menos? -preguntó Benson abriendo un cajoncito.

-No, señor, no me sobra ninguno. Respecto a las guineas, tengo, por fortuna, bastantes todavía para poder comprarle un mueble que he visto esta mañana al pasar delante de su tienda: un armario pequeño con cajones... Creo que es de encina... ¡Ah! Casualmente está ahí...

-¡Dispénseme! -exclamó Benson al comprender que había juzgado mal al comprador, quien llegaba a la hora intempestiva que suele elegirse para deshacerse de alguna prenda-. Si le interesa el armario está por completo a su disposición... ¡Buen mueble, de veras..., de encina, sí..., y encina de primera calidad, con cajones muy útiles y bonitos! Ese armario me ha costado bastante caro en la subasta del granjero Merrywood, que murió la semana pasada. Pero me conformo con poca ganancia, aunque se han puesto de moda los muebles antiguos. El granjero Merrywood decía que este armario lo tenía su familia desde hace lo menos dos siglos. Puedo vendérselo por dos libras esterlinas.

-No presumo de ser inteligente en muebles viejos -respondió el joven-; pero tengo una tía a quien creo que le gustaría éste, y es un regalo que quiero hacerle para completar nuestro mobiliario. No regatearé; aquí tiene usted las dos libras esterlinas. Pago al contado, con dos condiciones: primera, que el mueble sea entregado esta noche, sin gastos, y que si por casualidad no agradase a mi tía, me lo cambie usted mañana a primera hora por otra cosa, en cuyo caso los gastos de devolución correrían de mi cuenta.

-Con mucho gusto, con mucho gusto -asintió Benson, que se esperaba el regateo de algunos chelines-. Pero ¿cómo voy a enviarlo esta noche?

-Eso allá usted -respondió el comprador-. Deseo también un recibo del dinero, y en ese recibo tendrá la bondad de especificar que me vende el armario con todo cuanto contiene, porque a lo mejor se encuentra una fortuna en estos armatostes antiguos -añadió sonriendo-. Se habla de butacas que la propietaria había rellenado de billetes de banco.

-¡Oh! Eso no me preocupa -dijo Benson, extendiendo el recibo-. En cuanto al transporte... No pesa mucho el armario... Yo me encargo de él... ¿Adónde hay que llevarlo?

-A la señora de Truman, Calle de Salisbury, número 2, en el arrabal... No es un barrio muy recomendable, pero cada uno se aloja donde puede, con los alquileres tan caros.

-Es una calle muy oscura y que no goza de buena fama -objetó el prestamista-. ¿No podría usted aguardar a mañana por la mañana? Estoy solo en casa con una criada, y como a estas horas no encontraré en su puesto al recadero de la esquina, seguro que me veré obligado a llevar yo mismo el armario. Hace unos veinte años, en esa misma calle, robaron y asesinaron a un hombre.

-¡Oh! ¡Sí, hace veinte años...! -comentó riendo el joven-. Pero la Calle de Salisbury ha mejorado mucho desde esa fecha. Además, ¿a qué ladrón seduciría la idea de robar un armario vacío, que ha estado dos o tres siglos en poder de la familia del granjero Merrywood?

El señor Benson dirigió una mirada de desconfianza al comprador; pero le tranquilizó la fisonomía franca y leal de aquel joven de apenas veinticuatro años. En efecto, ¿qué podía temer? Y, además, “¡qué ocasión tan excelente para ahorrarme el viaje del mozo de cuerda! ¡Verdaderamente -se decía a sí mismo-, yo debiera invitar a este hombre a un refresco! Pero la buena intención se desvaneció como tantas otras buenas que a veces cruzaban rápidas por su imaginación.

-Si llega a casa de mi tía antes que yo, le ruego que diga únicamente que es de parte de su sobrino, aunque estaré a tiempo para recibirlo yo mismo. Sólo me detendré un cuarto de hora en la Calle Mayor y regresaré a toda prisa.

Y acto seguido se envolvió el joven con el capote y se despidió del señor Benson.

Éste paseó una mirada de satisfacción en tomo suyo.

-¡Ea! -concluyó-. He hecho un magnífico negocio que completa el día con gran beneficio. ¡Qué buen muchacho! ¡Cuánto debe de querer a su tía para no regatear al hacerle un regalo! Me daré prisa en llevarle este armario, que amenazaba con estorbarme aquí mucho tiempo.

Y llamando a la criada para participarle su salida, se echó el armario al hombro, cerró la puerta de la tienda y se encaminó con paso rápido a la Calle de Salisbury. Había cesado de llover.

Cuando llegó al número 2, el prestamista llamó una vez con la aldaba sin obtener respuesta.

-¡Vaya! -dedujo para su capote-. Creo que esta es la casa que ha estado desalquilada tanto tiempo. No sabía que la ocuparan ya inquilinos. ¿A quién se habrán dirigido, pues, para los muebles?

Volvió a llamar y entonces dieron señales de vida; se oyeron pisadas en el pasillo y abrió una vieja que parecía extrañada por tan tardía visita.

-Iba a acostarme -dijo la anciana-. No esperaba más que a mi sobrino y creí que sería él...

-Pronto estará aquí -respondió Benson-, y me ha encargado que le traiga de su parte este precioso armario. Todo está pagado..., a menos que quiera usted añadir alguna propina -indicó sin el menor remordimiento de conciencia, porque el avaro prestamista pensaba que no debía impedir a la buena mujer mostrarse tan generosa como su sobrino.

-¡No faltaba más! -accedió la vieja-. Ahí tiene una moneda de seis peniques... ¡Qué amable es para su tía mi querido sobrino!

-¿Hace mucho tiempo que vive usted aquí, señora? -indagó Benson mientras la tía se registraba los bolsillos.

-¡No! Sólo llevo tres días -contestó la anciana.

-Gracias, señora; y si le hace falta algún mueble más, venga usted misma a mi tienda, donde hallará objetos de su agrado y baratísimos.

-Gracias a mi sobrino, no creo que me falte gran cosa, máxime cuando mi antiguo mobiliario ha llegado todo esta mañana por el canal. Buenas noches.

Benson se embolsó la propina y se marchó, sin preocuparse más que la vieja de prolongar la conversación en el pasillo, donde le había mandado dejar el armario, sin invitarle a entrar en las habitaciones.

Al llegar a su casa, el prestamista, como hombre minucioso, encendió de nuevo la bujía, anotó su último ingreso y se permitió el lujo de fumar una pipa antes de acostarse, y de servirse una copa de aguardiente para humedecer de cuando en cuando los labios. No tardó en oír dar las doce en uno de sus relojes; pero como otro dio una hora menos creyó que este último era el que acertaba y cargó de nuevo la pipa para esperar a que tocase un tercero. En aquel momento paró a su puerta un carruaje.

-¿Quién podrá llegar a mi casa a estas horas? -se preguntó al oír que llamaban-. ¡Ya va, ya va!... Probablemente será algún noble arruinado que viene a ofrecerme su vajilla heredada o alguna condesa que quiere deshacerse de un diamante que la estorba.

Con tan agradable reflexión, salió a abrir. Vio a una señora que se apeaba de una silla de postas, cuyo estribo fue levantado de nuevo por el conductor, quien cerró también la portezuela, en tanto que la viajera disponía:

-Que aguarde el coche. Tengo que tratar con usted un asunto importante, señor Benson; entremos en su casa, para que nadie nos moleste.

Benson penetró en la tienda, y a la luz de la vela notó que su entrevista a solas se efectuaba con una mujer de distinguidísimo porte, vestida con sencillez y dominada por una gran emoción.

-¿Es usted, realmente, el señor Benson el prestamista? -se informó.

-Sí, señora, y comerciante de objetos de ocasión: muebles, libros, estatuas, relojes de pared y bolsillo, alhajas, escopetas de dos cañones, pistolas y otros diversos artículos.

-¿Estuvo usted en la subasta del granjero Merrywood el miércoles de la semana pasada?

-Sí, señora.

-¿Lo ha comprado usted?

-¿Qué?

-¡Ah, es verdad! Aún no se lo he dicho, ni debo decírselo... ¿Cuánto ha pagado usted por todos los artículos que adquirió allí?

-He hecho algunas buenas adquisiciones, lo confieso, pero me han costado unas treinta guineas

-¿Quiere enseñarme la factura de todos los lotes y dejarme escoger? O mejor aún, ¿quiere usted concedérmelo por cien guineas?

Benson miraba a aquella señora tan emocionada, de labios temblorosos. Lo que ofrecía era de corazón.

-No -contestó-. Cien guineas es muy poco. Acaso para usted valga eso, pero para mí vale más.

-¡Le daré doscientas, y asunto terminado! ¿Qué ha adquirido usted? ¿Las camas, las butacas, los aparadores?... Enséñeme la lista...

Benson descolgó de un clavo de la tienda la memoria del tasador y se la entregó a la señora, que la examinó y con la misma agitación febril exclamó:

-¿Para qué comprobar artículo por artículo? Sólo hay uno que me interesa, y es éste. Quédese con los demás y véndame ese armarito con sus cuatro cajones. Señale usted mismo el precio y no perdamos un tiempo precioso.

-¡No puede ser, señora! -opuso Benson, a su vez pálido y azorado-. Ese armario no está ya en mi poder. Lo he vendido y lo he llevado yo mismo al comprador.

-¡Infeliz! -exclamó la señora-. ¡Me ha arruinado usted y se ha arruinado también a sí mismo! Ese armario nos hubiera hecho ricos a los dos. ¿Por qué me enteraría tan tarde de la venta? ¿Por qué? ¿Y no puede usted recobrarlo? ¿Quién lo ha adquirido? ¿Accederá el comprador a vendérmelo? Dígame su nombre y su dirección... Quizás no se haya perdido todo aún...

-No sé el nombre del comprador -replicó Benson-; pero, por fortuna, sé dónde vive, y quizá encontremos medio de volver a verlo... Sin embargo, dígame antes por qué se le antoja tan valioso el armario. Lo he examinado detenidamente, se lo aseguro; es un mueble ordinario, no tiene doble fondo ni muelle alguno secreto... Debe usted de equivocarse, sin duda.

-No hay equivocación. ¿Ha mirado usted bien los cuatro cajones? ¿Se ha fijado en su grueso? ¿No ha reparado en que el de arriba tenía una especie de corredera en un borde?

-No... nada he visto. Pero si tan segura está usted de lo que afirma, habré mirado mal... Decididamente, soy muy torpe; se han burlado de mí... me han engañado...

Pareció tan abrumado el prestamista por la convicción de su simpleza, que hasta la misma señora se conmovió.

-Escúcheme -le dijo-; si se las agencia usted bien, aún podremos repararlo todo; pero es necesario que actuemos de acuerdo. ¿Quiere que acordemos repartirnos lo que contenga el cajón?

-Pero ¿qué contiene? -inquirió Benson bajando la voz-. ¿Contiene realmente algo?

-¿Le ofrecería yo si no cien o doscientas guineas por tal mueble? En fin, quiero confiárselo todo. ¿Conocía usted al granjero Merrywood?

-No, no puedo asegurar que lo conociera. Hace tiempo le vendí una silla de montar y recuerdo que pocos días después vino a reprocharme haberlo engañado en la calidad de la borra.

-¡Qué suyo es eso! Espíritu desconfiado, inquieto, lúgubre... Pero no siempre fue así el pobre hombre; la desgracia trastorna con frecuencia un buen carácter. Tenía una hija cuya extraordinaria belleza ponderaba todo el mundo hace unos veinte años; hija única... ¡Pobre Carolina! Constituía su ídolo y mostraba con él todas las atenciones del cariño filial. Agradecida a la brillante educación que recibiera, quería consagrar su vida a tan buen padre: le leía, le ejecutaba sonatas al piano; en una palabra, era el ángel de la casa. ¡Tan amable! Todos la queríamos.

-¿También la conocía usted?

-¡Que si la conocía! Fuimos amigas desde la infancia y éramos primas por parte de madre. Aunque yo era pobre, se portó muy bien conmigo; exigió a su padre que yo viviera con ellos en la granja. Claro que yo, por mi parte, los ayudaba con multitud de pequeños servicios; pero ¡qué delicadeza en el proceder de tan generosos parientes! Me hubieran tomado por hermana de Carolina siempre vestida igual, compartiendo sus diversiones... yendo al baile con ella... ¡Al baile!... Ya adivinará usted lo demás.

-¡No, se lo juro! La escucho.

-¿De modo que no ha oído usted hablar del viejo marqués de...? ¡Pero dejemos ese nombre odioso!... Tenía un hijo, el joven conde Rogelio..., muchacho amabilísimo, espléndido, muy alegre, sin la menor arrogancia... Vio a Carolina y le impresionó su belleza; la amó, como todos... ¿Quién no la hubiera amado?... Le declaró su amor y lo compartió con ella... Lo de siempre, señor Benson... el amor y sus penas amargas... Una noche, hará de esto doce años, sí, doce años, transcurría el mes de septiembre, Carolina vino a verme a mi cuarto... “Prima -me dijo-, ¿crees que mi padre es hombre capaz de perdonar?” “Sin duda, Carolina -le respondí-. ¿No es cristiano?” “Lo es; pero ¿perdonaría a una hija que hubiese ambicionado elevarse por encima de su condición? ¿Le perdonaría hacerse lady? ¿Se descubriría de buena gana ante ella, como hace cuando la marquesa pasa por su lado en carroza para ir a la iglesia?” “¡Qué locura!”, contesté a Carolina, temiendo comprenderla. Y en cuanto me hubo confesado todo, le di un consejo amistoso, aunque me sedujera también verla ir y venir por mi cuarto aquella noche dándose aires de condesa, abanicándose con una zapatilla y recogiéndose la cola del traje de corte..., que a la sazón no era sino el camisón...

-¿Y qué sucedió? ¿Cogió una pleuresía y murió?

-No, sucedió que fue raptada. Carolina desapareció una mañana de aquel mes, y desde tan aciago día, el granjero Merrywood no levantó la cabeza de humillación. El infortunado padre pareció olvidar que había tenido una hija. No volvió a hablar de Carolina; nadie se atrevió ya a nombrarla, y cuando al mes siguiente recibió carta de ella, en la que le anunciaba que se iba a casar, que iba a ser una gran señora importante y rica, pero que siempre amaría y respetaría a su padre... el granjero rompió la carta y arrojó los pedazos al aire, sin pronunciar más que estas palabras: “¡Insensata! ¡Insensata!”

-Loca estaba, en efecto -confirmó Benson-, porque presumo que no se casaría con ella el joven conde.

-¡Ay, no! Y ella no volvió a escribir. Merrywood subió al cuarto que ocupaba Carolina, abrió violentamente el armario de encina en que ella guardaba sus vestidos y ropa blanca, vació en el suelo los cajones y echó al fuego trajes, lencería, cofias, toquillas, etcétera, etcétera. Aquel armario era un antiguo mueble de familia que había pertenecido a su propia abuela, luego a su madre, después a su esposa... El cajón superior tenía un doble fondo, que servía a Carolina de cartera, donde guardaba las cartas que cuando estaba en el colegio recibió de su padre. El granjero abrió asimismo ese doble fondo, las sacó de él todas, intentó releer una y no pudo continuar por las muchas lágrimas que acudieron a sus ojos. Pasó un mes, luego otro, después el año entero, y el pobre padre no se mostraba menos taciturno ni menos triste, cuando recibió otra carta que llevaba en el sello las armas del marqués. La abrió y vio que era del joven conde Rogelio, cuyo padre acababa de morir, legándole todos sus títulos y propiedades, pero a condición de que se casara con la heredera de lord Rockigham. “Carolina -escribía el nuevo marqués- es dichosa; mas yo debo a usted una reparación personal, porque sé que su fortuna se ha resentido de sus penas. Le envío, pues, en nombre de su hija, cuatro billetes de banco de mil libras esterlinas cada uno.”

-¡Alabado sea Dios! -gritó el prestamista-. ¡Qué señor tan noble y dadivoso! ¡Cuatro mil libras esterlinas! ¡Vaya una fortuna para el granjero Merrywood!

-¡Qué mal lo juzga usted! ¡Ah! ¡Si hubiera visto, como yo vi, la cólera reconcentrada con que estrujó en sus manos la carta sin pronunciar una palabra!... Al cabo de un cuarto de hora de triste silencio me dijo: “Sube conmigo, Juana. Deseo que seas testigo de lo que voy a hacer.” Lo seguí toda temblorosa hasta el cuarto de Carolina. “Aquí hay -agregó- cuatro mil libras esterlinas que ese cobarde seductor pretende hacerme aceptar en nombre de mi hija. Líbreme Dios de tocarlas, y no se las devuelvo porque podría emplearlas en seducir a otras; pero... cuando yo muera..., si alguna vez queda en la miseria la hija que él me raptó, no quiero que perezca de hambre. Justo es que recobre el precio de su deshonra; tú sabrás de dónde sacar lo que le pertenece.” Y al decir esto, abrió el doble fondo, metió en él los billetes de banco, empujó el cajón con un postrer acceso de desesperación y me entregó este alfiler de plata, que sirve para activar el muelle secreto. El granjero Merrywood ha muerto; Carolina ha dejado también de existir. ¿Para quién deben ser las cuatro mil libras esterlinas?

-¡Y yo que he vendido el armario por dos libras! -suspiró Benson- ¡Miserable de mí! Lo repito: ¡me han robado! ¿Está usted segura de que es la única que sabía lo que acaba de contarme? ¡Ah! ¡He debido desconfiar del joven de aparente inocencia que venía como por casualidad a escoger ese mueble entre todos los de mi tienda!

-Dígame el nombre del comprador -repitió la dama-; no sólo poseo el secreto, sino que tengo también el alfiler.

-Déjeme el alfiler -prosiguió Benson-. No es demasiado tarde para ir a comprobarlo. Corro allá.

-No, no; quiero conservar la llave. Traiga usted el armario, y una vez que esté aquí lo comprobaremos juntos, y juntos lo abriremos puesto que debemos repartirnos la suma. A no ser que prefiera darme la dirección del comprador para que me arregle con él.

-No, no -porfió, a su vez, Benson-; yo he cometido la falta, yo tengo que repararla. Esté usted aquí mañana por la mañana, a las nueve.

-¡Mañana, a las nueve! -repitió la prima Juana-. Buenas noches.

Y montó de nuevo en el carruaje.

Benson no cerró los ojos en toda la noche por miedo a que el sol y el joven de la Calle de Salisbury madrugaran más que él. En cuanto amaneció, corrió a la calle en cuestión, y daban las seis cuando se hallaba delante del número 2.

Antes de echar mano a la aldaba, se cercioró de que llevaba en el bolsillo una bolsa de monedas de oro. “Supongo -pensaba- que la vista del dinero seducirá a mi modesto joven, y, sobre todo, a la tía vieja, a quien tal vez haya que indemnizar. ¡Magnífico! Estoy prevenido. Llamemos.”

-¿Quién es?

-¿Está levantada la señora de Truman? -preguntó Benson por el ojo de la cerradura.

-Aún no.

-¿Y su sobrino?

-Soy yo -respondió una voz desde dentro.

Y al abrirse la puerta. el sobrino, presentándose en persona, expresó su extrañeza por tan temprana visita.

-Caballero -le expuso Benson-, nunca se apresura uno lo bastante, cuando se trata de reparar un error. Lo cometí anoche, al venderle un armario que me descabalaba la pareja. Y vengo a deshacer el trato; pero soy demasiado justo para no resarcirle espléndidamente. Usted mismo escogerá lo que quiera de toda mi tienda.

-De ningún modo, señor. Mi tía está entusiasmada con el regalo y no creo que haya el menor error. Por otra parte, todavía no he abierto los cajones, y recordará usted que lo he previsto todo... ¿Y si encontrase en él mi fortuna? Esos muebles antiguos de familia han enriquecido a más de un heredero, como le decía a usted ayer.

Hubo una pausa. Benson reflexionaba y calculaba. Reanudó la conversación a media voz y apoyó su elocuencia sacando del bolsillo la bolsa. Y debió de hallar, por fin, un argumento contundente, porque media hora más tarde el armario gótico entraba de nuevo en la tienda, después de desandar, a hombros del prestamista, todo el camino recorrido la víspera.

-¡Al fin respiro! -exclamó-. Pero ¿aguardaré a las nueve? ¡Ah! ¡Esa buena prima que cree que no puedo prescindir de su alfiler! Aquí tengo una hachita que ha roto otros muchos muebles!

Monologando así, sacó el primer cajón del armario y vio pegado en una de las paredes interiores un papel.

-¡Vaya, vaya! -murmuró-. ¿Será uno de los billetes?

Y leyó:

“Recibí: Jorge Evans.”

En el mismo instante entraba el joven cómico en su cuarto de la hostería de los Tres Pichones y restituía a su baúl dos vestidos de mujer.

-¡Vaya! -se dijo-. ¡Mucha prisa se ha dado en quebrar el empresario de este pueblo! Yo hubiera podido hacerle recaudar algunos ingresos con mi estreno. He tenido bastante éxito en mis papeles de la tía Truman y de la prima Juana. Deducidos de mis doscientas cincuenta libras esterlinas el alquiler de la casa de la Calle de Salisbury, las dos libras del armario, lo que debo por la silla de posta y la propina de seis peniques, tan generosamente dada al ambicioso Benson, aún me quedarán las doscientas libras de mi padre, con los intereses de diez años. ¡Ojalá la conciencia de mi 
Eran las diez de la noche. En la hostería de los Tres Pichones, de Abbeylands, un viajero, joven aún, se había retirado a su cuarto, y de pie, cruzados los brazos contra el pecho, contemplaba el contenido de un baúl que acababa de abrir.
-Bueno, todavía debo sacar algún partido de lo que me queda -dijo-. Sí, en este baúl puedo invocar un genio no menos poderoso que el de Las mil y una noches: el genio de la venganza... y quizá también el de la riqueza... ¿Quién sabe?... Empecemos antes por el primero.

Quien hubiese visto el contenido del baúl, más bien habría pensado que su dueño no debería hacer mejor cosa que llevárselo a un trapero, pues todo eran ropas, en su mayor parte pertenecientes, por su tela y forma, a las modas de otro siglo, excepto uno o dos vestidos de mujer; pero ¿qué podía hacer con traje de mujer el joven cuya imaginación se exaltaba de ese modo ante aquel guardarropa híbrido? No eran días de Carnaval...

-¡Alto! Dan las diez -repuso de pronto-. Tengo que apresurarme, no vaya a cerrar la tienda ese bribón.

Y hablando consigo mismo se abrochó el frac, se echó encima un capote de caza, bajó, franqueó la puerta, siguió por la Calle Mayor hasta recorrerla casi toda, torció por una calleja y se detuvo ante el escaparate de un comercio.

Quizá fuese el único abierto de todo el pueblo. Detrás del escaparate se veían las más variadas mercancías: muebles, libros, gemelos, monedas de plata, alhajas, relojes, hierro viejo y artículos de tocador. La mayoría de estos objetos tenían un rótulo que indicaba su precio. Detrás de un mostrador enrejado se sentaba un hombre con la pluma sobre la oreja, como un contable que acabara de interrumpir una operación matemática para despabilar la luz de la vela. Porque, en medio de todas aquellas riquezas, el hombre del mostrador se alumbraba económicamente con una prosaica vela de sebo colocada en una vieja botella vacía.

También él, lo mismo que el joven de la hostería, animaba su soledad con un monólogo o con uno de esos diálogos cuyas preguntas y respuestas las hace uno mismo.

“Es una gran verdad, sí, señor. En un chelín hay un millón, como en un grano de trigo hay toda una cosecha para llenar un granero; el secreto consiste en colocar bien el chelín y en sembrar el grano de trigo en buena tierra. La inteligencia y el ahorro dan a los ceros valor poniéndolos a continuación de las cifras; la locura y la prodigalidad ponen la cifra a continuación de los ceros. ¡Qué maravillosa semana! Las doscientas libras esterlinas que me prestó hace diez años Tomás Evans han dado excelente fruto. El imbécil perdió mi pagaré; siempre hacía igual por su habitual negligencia. Eso sí, también habría perdido el dinero si se hubiera presentado al vencimiento, en vez de morir nombrando heredero a su hijo Jorge, aún más derrochador que él. Creo firmemente que Tomás Evans tuvo la intención de dejarme ese legado, aunque el joven me escribió reclamándome las doscientas libras esterlinas con el pretexto de que no pagué a su padre”.

-"Señor mío -le contesté-, presénteme el pagaré y haré honor a mi firma. No pido ningún requisito más: soy solvente. Venga usted mismo si no tiene confianza en su agente de negocios”.

"¡Sí, sí! Le pareció mejor correr mundo con una actriz y gastarse las rentas antes de cobrarlas, en Norteamérica, de donde creo que no regresará. Dicen que también él se ha hecho cómico... ¡Cómico!... ¡Cualquier día el teatro le indemnizará de lo que le ha costado! Razón tiene nuestro ministro, el reverendo señor Mac-Holy, cuando llama escuela de Satanás al teatro. Si Tomás Evans hubiera sabido que su hijo acabaría su educación en esa escuela, además del pagaré de las doscientas libras esterlinas me hubiera legado también todo el modesto patrimonio que tan mal invirtió el heredero réprobo. ¡Comerse con una actriz la herencia de Tomás Evans y acabar por dedicarse él mismo a las tablas!... Ese joven está perdido. ¡No seré yo quien vaya a verlo trabajar, ni aunque me regalase la entrada!”

El señor Benson, intérprete de este soliloquio, que ejercía el doble oficio de prendero y prestamista, era acaso igualmente ingrato con el teatro y con su difunto amigo Tomás Evans. Porque muchos de los artículos que había en su tienda procedían de esos pobres comediantes que él convertía en discípulos de Satán, y los había comprado hacía poco por la tercera parte de su valor, a consecuencia de la quiebra del empresario del coliseo de Abbeylands. Su última frase, pronunciada con la elocuencia de un fiel sectario del reverendo Mac-Holy, quizá fuera oída por el joven pupilo de la hostería de los Tres Pichones, quien después de echar una ojeada llena de curiosidad a través de los cristales entraba en aquel momento en la tienda.

-Para servirle, señor Benson -saludó-. Me alegro de que no haya cerrado aún. Deseo tratar con usted un pequeño negocio.

-¿Tiene usted algún reloj de más y algunas guineas de menos? -preguntó Benson abriendo un cajoncito.

-No, señor, no me sobra ninguno. Respecto a las guineas, tengo, por fortuna, bastantes todavía para poder comprarle un mueble que he visto esta mañana al pasar delante de su tienda: un armario pequeño con cajones... Creo que es de encina... ¡Ah! Casualmente está ahí...

-¡Dispénseme! -exclamó Benson al comprender que había juzgado mal al comprador, quien llegaba a la hora intempestiva que suele elegirse para deshacerse de alguna prenda-. Si le interesa el armario está por completo a su disposición... ¡Buen mueble, de veras..., de encina, sí..., y encina de primera calidad, con cajones muy útiles y bonitos! Ese armario me ha costado bastante caro en la subasta del granjero Merrywood, que murió la semana pasada. Pero me conformo con poca ganancia, aunque se han puesto de moda los muebles antiguos. El granjero Merrywood decía que este armario lo tenía su familia desde hace lo menos dos siglos. Puedo vendérselo por dos libras esterlinas.

-No presumo de ser inteligente en muebles viejos -respondió el joven-; pero tengo una tía a quien creo que le gustaría éste, y es un regalo que quiero hacerle para completar nuestro mobiliario. No regatearé; aquí tiene usted las dos libras esterlinas. Pago al contado, con dos condiciones: primera, que el mueble sea entregado esta noche, sin gastos, y que si por casualidad no agradase a mi tía, me lo cambie usted mañana a primera hora por otra cosa, en cuyo caso los gastos de devolución correrían de mi cuenta.

-Con mucho gusto, con mucho gusto -asintió Benson, que se esperaba el regateo de algunos chelines-. Pero ¿cómo voy a enviarlo esta noche?

-Eso allá usted -respondió el comprador-. Deseo también un recibo del dinero, y en ese recibo tendrá la bondad de especificar que me vende el armario con todo cuanto contiene, porque a lo mejor se encuentra una fortuna en estos armatostes antiguos -añadió sonriendo-. Se habla de butacas que la propietaria había rellenado de billetes de banco.

-¡Oh! Eso no me preocupa -dijo Benson, extendiendo el recibo-. En cuanto al transporte... No pesa mucho el armario... Yo me encargo de él... ¿Adónde hay que llevarlo?

-A la señora de Truman, Calle de Salisbury, número 2, en el arrabal... No es un barrio muy recomendable, pero cada uno se aloja donde puede, con los alquileres tan caros.

-Es una calle muy oscura y que no goza de buena fama -objetó el prestamista-. ¿No podría usted aguardar a mañana por la mañana? Estoy solo en casa con una criada, y como a estas horas no encontraré en su puesto al recadero de la esquina, seguro que me veré obligado a llevar yo mismo el armario. Hace unos veinte años, en esa misma calle, robaron y asesinaron a un hombre.

-¡Oh! ¡Sí, hace veinte años...! -comentó riendo el joven-. Pero la Calle de Salisbury ha mejorado mucho desde esa fecha. Además, ¿a qué ladrón seduciría la idea de robar un armario vacío, que ha estado dos o tres siglos en poder de la familia del granjero Merrywood?

El señor Benson dirigió una mirada de desconfianza al comprador; pero le tranquilizó la fisonomía franca y leal de aquel joven de apenas veinticuatro años. En efecto, ¿qué podía temer? Y, además, “¡qué ocasión tan excelente para ahorrarme el viaje del mozo de cuerda! ¡Verdaderamente -se decía a sí mismo-, yo debiera invitar a este hombre a un refresco! Pero la buena intención se desvaneció como tantas otras buenas que a veces cruzaban rápidas por su imaginación.

-Si llega a casa de mi tía antes que yo, le ruego que diga únicamente que es de parte de su sobrino, aunque estaré a tiempo para recibirlo yo mismo. Sólo me detendré un cuarto de hora en la Calle Mayor y regresaré a toda prisa.

Y acto seguido se envolvió el joven con el capote y se despidió del señor Benson.

Éste paseó una mirada de satisfacción en tomo suyo.

-¡Ea! -concluyó-. He hecho un magnífico negocio que completa el día con gran beneficio. ¡Qué buen muchacho! ¡Cuánto debe de querer a su tía para no regatear al hacerle un regalo! Me daré prisa en llevarle este armario, que amenazaba con estorbarme aquí mucho tiempo.

Y llamando a la criada para participarle su salida, se echó el armario al hombro, cerró la puerta de la tienda y se encaminó con paso rápido a la Calle de Salisbury. Había cesado de llover.

Cuando llegó al número 2, el prestamista llamó una vez con la aldaba sin obtener respuesta.

-¡Vaya! -dedujo para su capote-. Creo que esta es la casa que ha estado desalquilada tanto tiempo. No sabía que la ocuparan ya inquilinos. ¿A quién se habrán dirigido, pues, para los muebles?

Volvió a llamar y entonces dieron señales de vida; se oyeron pisadas en el pasillo y abrió una vieja que parecía extrañada por tan tardía visita.

-Iba a acostarme -dijo la anciana-. No esperaba más que a mi sobrino y creí que sería él...

-Pronto estará aquí -respondió Benson-, y me ha encargado que le traiga de su parte este precioso armario. Todo está pagado..., a menos que quiera usted añadir alguna propina -indicó sin el menor remordimiento de conciencia, porque el avaro prestamista pensaba que no debía impedir a la buena mujer mostrarse tan generosa como su sobrino.

-¡No faltaba más! -accedió la vieja-. Ahí tiene una moneda de seis peniques... ¡Qué amable es para su tía mi querido sobrino!

-¿Hace mucho tiempo que vive usted aquí, señora? -indagó Benson mientras la tía se registraba los bolsillos.

-¡No! Sólo llevo tres días -contestó la anciana.

-Gracias, señora; y si le hace falta algún mueble más, venga usted misma a mi tienda, donde hallará objetos de su agrado y baratísimos.

-Gracias a mi sobrino, no creo que me falte gran cosa, máxime cuando mi antiguo mobiliario ha llegado todo esta mañana por el canal. Buenas noches.

Benson se embolsó la propina y se marchó, sin preocuparse más que la vieja de prolongar la conversación en el pasillo, donde le había mandado dejar el armario, sin invitarle a entrar en las habitaciones.

Al llegar a su casa, el prestamista, como hombre minucioso, encendió de nuevo la bujía, anotó su último ingreso y se permitió el lujo de fumar una pipa antes de acostarse, y de servirse una copa de aguardiente para humedecer de cuando en cuando los labios. No tardó en oír dar las doce en uno de sus relojes; pero como otro dio una hora menos creyó que este último era el que acertaba y cargó de nuevo la pipa para esperar a que tocase un tercero. En aquel momento paró a su puerta un carruaje.

-¿Quién podrá llegar a mi casa a estas horas? -se preguntó al oír que llamaban-. ¡Ya va, ya va!... Probablemente será algún noble arruinado que viene a ofrecerme su vajilla heredada o alguna condesa que quiere deshacerse de un diamante que la estorba.

Con tan agradable reflexión, salió a abrir. Vio a una señora que se apeaba de una silla de postas, cuyo estribo fue levantado de nuevo por el conductor, quien cerró también la portezuela, en tanto que la viajera disponía:

-Que aguarde el coche. Tengo que tratar con usted un asunto importante, señor Benson; entremos en su casa, para que nadie nos moleste.

Benson penetró en la tienda, y a la luz de la vela notó que su entrevista a solas se efectuaba con una mujer de distinguidísimo porte, vestida con sencillez y dominada por una gran emoción.

-¿Es usted, realmente, el señor Benson el prestamista? -se informó.

-Sí, señora, y comerciante de objetos de ocasión: muebles, libros, estatuas, relojes de pared y bolsillo, alhajas, escopetas de dos cañones, pistolas y otros diversos artículos.

-¿Estuvo usted en la subasta del granjero Merrywood el miércoles de la semana pasada?

-Sí, señora.

-¿Lo ha comprado usted?

-¿Qué?

-¡Ah, es verdad! Aún no se lo he dicho, ni debo decírselo... ¿Cuánto ha pagado usted por todos los artículos que adquirió allí?

-He hecho algunas buenas adquisiciones, lo confieso, pero me han costado unas treinta guineas

-¿Quiere enseñarme la factura de todos los lotes y dejarme escoger? O mejor aún, ¿quiere usted concedérmelo por cien guineas?

Benson miraba a aquella señora tan emocionada, de labios temblorosos. Lo que ofrecía era de corazón.

-No -contestó-. Cien guineas es muy poco. Acaso para usted valga eso, pero para mí vale más.

-¡Le daré doscientas, y asunto terminado! ¿Qué ha adquirido usted? ¿Las camas, las butacas, los aparadores?... Enséñeme la lista...

Benson descolgó de un clavo de la tienda la memoria del tasador y se la entregó a la señora, que la examinó y con la misma agitación febril exclamó:

-¿Para qué comprobar artículo por artículo? Sólo hay uno que me interesa, y es éste. Quédese con los demás y véndame ese armarito con sus cuatro cajones. Señale usted mismo el precio y no perdamos un tiempo precioso.

-¡No puede ser, señora! -opuso Benson, a su vez pálido y azorado-. Ese armario no está ya en mi poder. Lo he vendido y lo he llevado yo mismo al comprador.

-¡Infeliz! -exclamó la señora-. ¡Me ha arruinado usted y se ha arruinado también a sí mismo! Ese armario nos hubiera hecho ricos a los dos. ¿Por qué me enteraría tan tarde de la venta? ¿Por qué? ¿Y no puede usted recobrarlo? ¿Quién lo ha adquirido? ¿Accederá el comprador a vendérmelo? Dígame su nombre y su dirección... Quizás no se haya perdido todo aún...

-No sé el nombre del comprador -replicó Benson-; pero, por fortuna, sé dónde vive, y quizá encontremos medio de volver a verlo... Sin embargo, dígame antes por qué se le antoja tan valioso el armario. Lo he examinado detenidamente, se lo aseguro; es un mueble ordinario, no tiene doble fondo ni muelle alguno secreto... Debe usted de equivocarse, sin duda.

-No hay equivocación. ¿Ha mirado usted bien los cuatro cajones? ¿Se ha fijado en su grueso? ¿No ha reparado en que el de arriba tenía una especie de corredera en un borde?

-No... nada he visto. Pero si tan segura está usted de lo que afirma, habré mirado mal... Decididamente, soy muy torpe; se han burlado de mí... me han engañado...

Pareció tan abrumado el prestamista por la convicción de su simpleza, que hasta la misma señora se conmovió.

-Escúcheme -le dijo-; si se las agencia usted bien, aún podremos repararlo todo; pero es necesario que actuemos de acuerdo. ¿Quiere que acordemos repartirnos lo que contenga el cajón?

-Pero ¿qué contiene? -inquirió Benson bajando la voz-. ¿Contiene realmente algo?

-¿Le ofrecería yo si no cien o doscientas guineas por tal mueble? En fin, quiero confiárselo todo. ¿Conocía usted al granjero Merrywood?

-No, no puedo asegurar que lo conociera. Hace tiempo le vendí una silla de montar y recuerdo que pocos días después vino a reprocharme haberlo engañado en la calidad de la borra.

-¡Qué suyo es eso! Espíritu desconfiado, inquieto, lúgubre... Pero no siempre fue así el pobre hombre; la desgracia trastorna con frecuencia un buen carácter. Tenía una hija cuya extraordinaria belleza ponderaba todo el mundo hace unos veinte años; hija única... ¡Pobre Carolina! Constituía su ídolo y mostraba con él todas las atenciones del cariño filial. Agradecida a la brillante educación que recibiera, quería consagrar su vida a tan buen padre: le leía, le ejecutaba sonatas al piano; en una palabra, era el ángel de la casa. ¡Tan amable! Todos la queríamos.

-¿También la conocía usted?

-¡Que si la conocía! Fuimos amigas desde la infancia y éramos primas por parte de madre. Aunque yo era pobre, se portó muy bien conmigo; exigió a su padre que yo viviera con ellos en la granja. Claro que yo, por mi parte, los ayudaba con multitud de pequeños servicios; pero ¡qué delicadeza en el proceder de tan generosos parientes! Me hubieran tomado por hermana de Carolina siempre vestida igual, compartiendo sus diversiones... yendo al baile con ella... ¡Al baile!... Ya adivinará usted lo demás.

-¡No, se lo juro! La escucho.

-¿De modo que no ha oído usted hablar del viejo marqués de...? ¡Pero dejemos ese nombre odioso!... Tenía un hijo, el joven conde Rogelio..., muchacho amabilísimo, espléndido, muy alegre, sin la menor arrogancia... Vio a Carolina y le impresionó su belleza; la amó, como todos... ¿Quién no la hubiera amado?... Le declaró su amor y lo compartió con ella... Lo de siempre, señor Benson... el amor y sus penas amargas... Una noche, hará de esto doce años, sí, doce años, transcurría el mes de septiembre, Carolina vino a verme a mi cuarto... “Prima -me dijo-, ¿crees que mi padre es hombre capaz de perdonar?” “Sin duda, Carolina -le respondí-. ¿No es cristiano?” “Lo es; pero ¿perdonaría a una hija que hubiese ambicionado elevarse por encima de su condición? ¿Le perdonaría hacerse lady? ¿Se descubriría de buena gana ante ella, como hace cuando la marquesa pasa por su lado en carroza para ir a la iglesia?” “¡Qué locura!”, contesté a Carolina, temiendo comprenderla. Y en cuanto me hubo confesado todo, le di un consejo amistoso, aunque me sedujera también verla ir y venir por mi cuarto aquella noche dándose aires de condesa, abanicándose con una zapatilla y recogiéndose la cola del traje de corte..., que a la sazón no era sino el camisón...

-¿Y qué sucedió? ¿Cogió una pleuresía y murió?

-No, sucedió que fue raptada. Carolina desapareció una mañana de aquel mes, y desde tan aciago día, el granjero Merrywood no levantó la cabeza de humillación. El infortunado padre pareció olvidar que había tenido una hija. No volvió a hablar de Carolina; nadie se atrevió ya a nombrarla, y cuando al mes siguiente recibió carta de ella, en la que le anunciaba que se iba a casar, que iba a ser una gran señora importante y rica, pero que siempre amaría y respetaría a su padre... el granjero rompió la carta y arrojó los pedazos al aire, sin pronunciar más que estas palabras: “¡Insensata! ¡Insensata!”

-Loca estaba, en efecto -confirmó Benson-, porque presumo que no se casaría con ella el joven conde.

-¡Ay, no! Y ella no volvió a escribir. Merrywood subió al cuarto que ocupaba Carolina, abrió violentamente el armario de encina en que ella guardaba sus vestidos y ropa blanca, vació en el suelo los cajones y echó al fuego trajes, lencería, cofias, toquillas, etcétera, etcétera. Aquel armario era un antiguo mueble de familia que había pertenecido a su propia abuela, luego a su madre, después a su esposa... El cajón superior tenía un doble fondo, que servía a Carolina de cartera, donde guardaba las cartas que cuando estaba en el colegio recibió de su padre. El granjero abrió asimismo ese doble fondo, las sacó de él todas, intentó releer una y no pudo continuar por las muchas lágrimas que acudieron a sus ojos. Pasó un mes, luego otro, después el año entero, y el pobre padre no se mostraba menos taciturno ni menos triste, cuando recibió otra carta que llevaba en el sello las armas del marqués. La abrió y vio que era del joven conde Rogelio, cuyo padre acababa de morir, legándole todos sus títulos y propiedades, pero a condición de que se casara con la heredera de lord Rockigham. “Carolina -escribía el nuevo marqués- es dichosa; mas yo debo a usted una reparación personal, porque sé que su fortuna se ha resentido de sus penas. Le envío, pues, en nombre de su hija, cuatro billetes de banco de mil libras esterlinas cada uno.”

-¡Alabado sea Dios! -gritó el prestamista-. ¡Qué señor tan noble y dadivoso! ¡Cuatro mil libras esterlinas! ¡Vaya una fortuna para el granjero Merrywood!

-¡Qué mal lo juzga usted! ¡Ah! ¡Si hubiera visto, como yo vi, la cólera reconcentrada con que estrujó en sus manos la carta sin pronunciar una palabra!... Al cabo de un cuarto de hora de triste silencio me dijo: “Sube conmigo, Juana. Deseo que seas testigo de lo que voy a hacer.” Lo seguí toda temblorosa hasta el cuarto de Carolina. “Aquí hay -agregó- cuatro mil libras esterlinas que ese cobarde seductor pretende hacerme aceptar en nombre de mi hija. Líbreme Dios de tocarlas, y no se las devuelvo porque podría emplearlas en seducir a otras; pero... cuando yo muera..., si alguna vez queda en la miseria la hija que él me raptó, no quiero que perezca de hambre. Justo es que recobre el precio de su deshonra; tú sabrás de dónde sacar lo que le pertenece.” Y al decir esto, abrió el doble fondo, metió en él los billetes de banco, empujó el cajón con un postrer acceso de desesperación y me entregó este alfiler de plata, que sirve para activar el muelle secreto. El granjero Merrywood ha muerto; Carolina ha dejado también de existir. ¿Para quién deben ser las cuatro mil libras esterlinas?

-¡Y yo que he vendido el armario por dos libras! -suspiró Benson- ¡Miserable de mí! Lo repito: ¡me han robado! ¿Está usted segura de que es la única que sabía lo que acaba de contarme? ¡Ah! ¡He debido desconfiar del joven de aparente inocencia que venía como por casualidad a escoger ese mueble entre todos los de mi tienda!

-Dígame el nombre del comprador -repitió la dama-; no sólo poseo el secreto, sino que tengo también el alfiler.

-Déjeme el alfiler -prosiguió Benson-. No es demasiado tarde para ir a comprobarlo. Corro allá.

-No, no; quiero conservar la llave. Traiga usted el armario, y una vez que esté aquí lo comprobaremos juntos, y juntos lo abriremos puesto que debemos repartirnos la suma. A no ser que prefiera darme la dirección del comprador para que me arregle con él.

-No, no -porfió, a su vez, Benson-; yo he cometido la falta, yo tengo que repararla. Esté usted aquí mañana por la mañana, a las nueve.

-¡Mañana, a las nueve! -repitió la prima Juana-. Buenas noches.

Y montó de nuevo en el carruaje.

Benson no cerró los ojos en toda la noche por miedo a que el sol y el joven de la Calle de Salisbury madrugaran más que él. En cuanto amaneció, corrió a la calle en cuestión, y daban las seis cuando se hallaba delante del número 2.

Antes de echar mano a la aldaba, se cercioró de que llevaba en el bolsillo una bolsa de monedas de oro. “Supongo -pensaba- que la vista del dinero seducirá a mi modesto joven, y, sobre todo, a la tía vieja, a quien tal vez haya que indemnizar. ¡Magnífico! Estoy prevenido. Llamemos.”

-¿Quién es?

-¿Está levantada la señora de Truman? -preguntó Benson por el ojo de la cerradura.

-Aún no.

-¿Y su sobrino?

-Soy yo -respondió una voz desde dentro.

Y al abrirse la puerta. el sobrino, presentándose en persona, expresó su extrañeza por tan temprana visita.

-Caballero -le expuso Benson-, nunca se apresura uno lo bastante, cuando se trata de reparar un error. Lo cometí anoche, al venderle un armario que me descabalaba la pareja. Y vengo a deshacer el trato; pero soy demasiado justo para no resarcirle espléndidamente. Usted mismo escogerá lo que quiera de toda mi tienda.

-De ningún modo, señor. Mi tía está entusiasmada con el regalo y no creo que haya el menor error. Por otra parte, todavía no he abierto los cajones, y recordará usted que lo he previsto todo... ¿Y si encontrase en él mi fortuna? Esos muebles antiguos de familia han enriquecido a más de un heredero, como le decía a usted ayer.

Hubo una pausa. Benson reflexionaba y calculaba. Reanudó la conversación a media voz y apoyó su elocuencia sacando del bolsillo la bolsa. Y debió de hallar, por fin, un argumento contundente, porque media hora más tarde el armario gótico entraba de nuevo en la tienda, después de desandar, a hombros del prestamista, todo el camino recorrido la víspera.

-¡Al fin respiro! -exclamó-. Pero ¿aguardaré a las nueve? ¡Ah! ¡Esa buena prima que cree que no puedo prescindir de su alfiler! Aquí tengo una hachita que ha roto otros muchos muebles!

Monologando así, sacó el primer cajón del armario y vio pegado en una de las paredes interiores un papel.

-¡Vaya, vaya! -murmuró-. ¿Será uno de los billetes?

Y leyó:

“Recibí: Jorge Evans.”

En el mismo instante entraba el joven cómico en su cuarto de la hostería de los Tres Pichones y restituía a su baúl dos vestidos de mujer.

-¡Vaya! -se dijo-. ¡Mucha prisa se ha dado en quebrar el empresario de este pueblo! Yo hubiera podido hacerle recaudar algunos ingresos con mi estreno. He tenido bastante éxito en mis papeles de la tía Truman y de la prima Juana. Deducidos de mis doscientas cincuenta libras esterlinas el alquiler de la casa de la Calle de Salisbury, las dos libras del armario, lo que debo por la silla de posta y la propina de seis peniques, tan generosamente dada al ambicioso Benson, aún me quedarán las doscientas libras de mi padre, con los intereses de diez años. ¡Ojalá la conciencia de mi deudor esté tan tranquila como la mía! esté tan tranquila como la mía!

domingo, 15 de octubre de 2017

V. Resolution 3/97

A. Tele food
B. United Nations/FAO World Food Programme pledging target for 1999-2000
A. Tele food
THE CONFERENCE,
Recalling that the Heads of State and Government, gathered at the World Food Summit, pledged their political will and commitment to achieving food security for all and to an ongoing effort to eradicate hunger in all countries, with an immediate view to reducing the number of undernourished people to half of the present level of more than 800 million people by no later than 2015,

Recalling also that to reach this objective the Rome Declaration on World Food Security and the Summit's Plan of Action emphasized the need to involve all sectors of civil society as well as to mobilize all possible human, technical and financial resources to help countries fulfill their national commitment to achieve food security for all,

Welcoming the Director-General's decision to launch, within the framework of the World Food Day, the TeleFood initiative to raise public awareness of the issues underlying food security and to mobilize public support in the struggle against world hunger and malnutrition,

Acknowledging the success of the TeleFood operation in 1997 and convinced of the necessity to continue this initiative and expand its coverage in collaboration with the various components of civil society in their various countries:

1. Approves the Director-General's decision to allocate, in their entirety, the proceeds collected through the TeleFood appeal to the financing of concrete grassroot-level projects, none of these proceeds being diverted to administrative or other costs and to rely on sponsorship and other private and public voluntary contributions to meet the costs of promoting and coordinating this operation;

2. Endorses the Director-General's decision to establish under Financial Regulation 6.7:

a) a Special Fund to receive the proceeds collected through the TeleFood appeal, which proceeds will be used for the purpose of financing concrete grassroot-level projects, including those established under the Special Programme for Food Security, to help the poor farming families in the developing world produce more food; and

b) a Trust Fund to receive sponsorship and other private and public voluntary contributions for financing the costs relating to the promotion and coordination of the TeleFood operation worldwide;

3. Invites FAO Members to take all measures they deem appropriate to promote the TeleFood initiative.

(Adopted on 17 November 1997)

B. United Nations/FAO World Food Programme pledging target for 1999-2000

61. The Conference, after considering the report of the Council on this matter, approved the following Resolution: