"Sólo sé que no sé nada" Sócrates. Aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir. Cuando esto aprendas estarás andando por la senda de la sabiduría.

domingo, 26 de febrero de 2017

CONCENTRADO DE FRUTAS

UN KILO DE CONCENTRADO DE FRUTAS 
Ingredientes:
  • 1 kg de pulpa de mango o de la fruta de su preferencia.
  • ½ tazas de azúcar.

Utensilios:
  • Cuchara de madera
  • Recipiente de plástico con tapa de cierre hermético con capacidad de 1 litro.
  • Licuadora.
  • Etiqueta adhesiva.

Procedimiento:
  1. Se licúa la pulpa de la fruta  hasta que quede un puré.
  2. Se vierte el puré en el recipiente de plástico y se agrega el azúcar.
  3. Se mezcla muy bien con la cuchara de madera, se tapa y se guarda en el congelador.
  4. Etiquete indicando el nombre del producto, fecha de elaboración y de caducidad.

Duración:
El concentrado elaborado mediante este método tiene una duración aproximada de 3 meses.


Recomendaciones: 
Consérvese en refrigeración.
Utilícela para licuados, como golosina fría o para jugos en un vaso con agua agregue dos( 2) o más cucharadas del concentrado por
cada vaso con agua, según el gusto deseado.
Aproveche  las temporadas de las frutas
Ingredientes para 1 ración de Concentrado de naranja:
·          1 Taza de Jugo de Naranja natural
·          250 Gramos de Azúcar

·          2 Unidades de Naranja (ralladura)
·          30 Gramos de Cremor tártaro (vea http://quimicaprofsolano.blogspot.com/2017/02/bitartrato-de-potasio.html)



domingo, 12 de febrero de 2017

El árbol amargado

Todo el mundo trata de realizar algo grande,
 pero la vida se compone de cosas pequeñas.





El árbol amargado


Hubo una vez un hermoso huerto, en algún lugar que puede ser cualquier lugar, y en un tiempo que puede ser cualquier tiempo, con mangos, naranjos, mamones y bellos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, excepto por un árbol gruñón, amargado, maldiciente y pesimista.

El pobre tenía un problema común, pero simple, no sabía quién era.
Lo que te falta es concentración, le decía el mango: 
 
- Si realmente lo intentas, podrás tener sabrosos mangos. ¿miras lo fácil con que yo los tengo?
- No lo escuches, decía el rosal, es más sencillo que tengas rosas ¿Ves lo bella y perfumadas con que yo las tengo?. Si yo que soy arbusto puedo tenerlas, tú que eres árbol podrás tenerlas en abundancia, sólo tienes que empeñarte... 

Y el árbol desesperado intentaba todo lo que le sugerían y, como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado, más amargado.
Un día llegó el búho hasta el huerto y al oír las maldiciones y groserías del árbol, la más sabia de las aves, le expresó: 
 
- No te preocupes, tu problema no es tan grave. Es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. Yo te daré la solución: no dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas... sé tú mismo, conócete y, para lograrlo, escucha tu voz interior, hazte amigo de ti mismo, ocúpate de tus asuntos, sin estarte entrometiendo ni vivir pendiente de lo que hacen o no hacen los demás.
- Y dicho esto, el búho desapareció.
- ¿Mi voz interior...? ¿Ser yo mismo...? ¿Conocerme...? , se preguntaba el árbol con amargura, cuando, de pronto, comprendió...
Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole:

Tú jamás darás mangos porque no eres un mango, ni tendrás rosas porque no eres un rosal. Eres un samán y tu destino es crecer grande y majestuoso, es dar cobijo a las aves, es tener a tus pies al gran Libertador sudamericano, es despertar admiración en el sabio Humboldt, es dar sombra a los viajeros, belleza al paisaje... Tú tienes una misión: cúmplela.

Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo, se aceptó tal como es y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado.

De este modo, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces el huerto fue completamente feliz.

Al ver a nuestro alrededor nos preguntamos:

- ¿Cuántos serán samanes que no se permiten a sí mismos crecer?
- ¿Cuántos serán rosales que, por miedo al reto, sólo dan espinas?

- ¿Cuántos serán naranjos que no saben florecer?

En la vida, todos tenemos una misión que cumplir, un espacio que llenar, una historia de amor por hacer...

No permitamos que nada ni nadie nos impida conocer y compartir la maravillosa esencia de nuestro ser. Vamos a darnos ese regalo a nosotros mismos y a compartirlo con quienes amamos. 






viernes, 10 de febrero de 2017

Batalla de la Victoria

Batalla de la Victoria
12 de febrero de 1814



Batalla de La Victoria
En esta memorable Batalla, los generales patriotas José Félix Ribas y Vicente Campo Elías, junto con tropas formadas por jóvenes seminaristas y estudiantes de la Universidad de Caracas, entre otros, derrotaron en la Batalla de La Victoria a las tropas realistas conducidas por José Tomas Boves y Francisco Tomás Morales.
La Victoria era considerada un punto estratégico para alcanzar la ciudad de Caracas. La batalla duró todo el día en las calles de esa localidad, hasta que al final de la tarde los realistas se retiraron del combate, luego que un cuerpo de caballería procedente de San Mateo, al mando del teniente coronel Vicente Campo Elías, acudiera en socorro de La Victoria y rompiera el cerco que Morales y los suyos habían impuesto a los patriotas, por lo que los realistas tuvieron que retirarse perseguidos por los jinetes revolucionarios. A consecuencia de esta batalla fracasó el intento realista de cortar las comunicaciones entre Caracas y Valencia.
En honor de tan gloriosa gesta, Venezuela celebra este día el Día de la Juventud, para honrar la memoria de los valientes jóvenes que aquel día se cubrieron de gloria al combatir y entregar sus vidas por la Independencia de esta nuestra Patria.
El 10 de febrero de 1947 la Asamblea Constituyente decretó se celebre el 12 de febrero como el Día de la Juventud en Venezuela «en reconocimiento a los servicios hechos a la república por los jóvenes».
Un poco de historia:
Los sacerdotes del seminario Santa Rosa de Caracas no tenían en buena estima al rudo general que irrumpió en aquel recinto con la intención de llevar a la guerra a sus estudiantes. Debió parecerles una locura; los muchachos, que no llegaban a 100, ni siquiera habían tocado un arma en su vida. Pero sabían que no podían oponerse. En efecto, este impetuoso oficial, pardo de origen y republicano radical, había emitido un decreto que obligaba a todos los hombres de 14 años en adelante, y de cualquier condición social, a alistarse a de inmediato en el Ejército para defender Caracas de las tropas de Boves, que avanzaban desde los llanos. 
A Ribas le costó bastante reunir hombres para enfrentar a las tropas realistas, cuyo poder se basaba en la fuerza, la destreza y la bravura de miles de hombres del pueblo: los llaneros.
Había muy poco pueblo con Ribas, a causa de los conflictos de clase que marcaban la sociedad de la época; la gente del pueblo veía a los comandantes patriotas como explotadores, pues en su mayoría eran terratenientes blancos, dueños del ganado y las haciendas. Mientras que José Tomás Boves luchaba contra ellos y les ofrecía venganza.
Cuando la Segunda república estaba a punto de perderse, la causa republicana tenía dificultades para recomponer su Ejército, precisamente por falta de hombres, muchos de los cuales peleaban al lado de los españoles.
Los mantuanos entendían la situación, habían tomado conciencia de la fuerza del pueblo en armas, pero eran tan reaccionarios, tan conservadores, que preferían morir como mantuanos antes que ceder cualquiera de sus privilegios.
Además, en ese momento todavía no había terminado de fraguar la idea de patria como una unidad política o geográfica. Arismendi, por ejemplo, era el gobernador militar de Caracas, pero para él, la ‘patria’ era Oriente; las provincias de Cumaná y Guayana. Del mismo modo que lo andinos se consideraban gente de Mérida”.
El 12 de febrero, a poco de salir el sol, dos bloques de hombres venezolanos se trabaron en una dramática y sangrienta batalla. Testimonios del combate fueron recreados luego por Uslar Pietri y Eduardo Blanco en Lanzas Coloradas y Venezuela Heroica- relatan que los llaneros de Boves se veían obligados a repetir las cargas contra las posiciones patriotas porque sus caballos resbalaban sobre la sangre coagulada.
Los patriotas habían instaurado la Segunda República hacía menos de un año luego del éxito de la Campaña Admirable, y el imperio español estaba decidido a aniquilarla. Y José Félix Ribas estaba en La Victoria, junto a sus oficiales, dándole cursos a una tropa de niños de cómo disparar, recargar y calar bayoneta a pocas horas de iniciarse los embates del enemigo. Para la historia quedó garbada la arenga con la que dio el último empujón a sus combatientes:
“Soldados: Lo que tanto hemos deseado va a realizarse hoy: he ahí a Boves. Cinco veces mayor es el ejército que trae a combatirnos; pero aún me parece escaso para disputarnos la victoria. Defendéis del furor de los tiranos la vida de vuestros hijos, el honor de vuestras esposas, el suelo de la patria; mostrarles vuestra omnipotencia. En esta jornada que va a ser memorable, ni aun podemos optar entre vencer o morir: ¡necesario es vencer! ¡Viva la República!”
Aquello no era retórica, ya había sobradas experiencias de la crueldad de los españoles, quienes bajo el mando de Domingo de Monteverde no habían vacilado en ejecutar a civiles y arrasar poblados y ciudades. 
La Victoria, terminaría por ser el choque decisivo entre dos españoles en bandos opuestos: Boves y Campo Elías, a quien el primero había vencido en La Puerta, cerca de San Juan de Los Morros. Una semana antes. Pero en realidad Boves no estaba presente, aclara Rivero, pues había sido herido en una pierna en el lance librado en Guárico. La dirección de la batalla la delegó en Morales.
Desde las 7 de la mañana, los estudiantes del Seminario Santa Rosa se mantenían firmes en la plaza de La Victoria, resistiendo los embates de las huestes de Boves. Hermanados con soldados de infantería y hombres de distinta condición reclutados a última hora, estos jóvenes tragaban pólvora de fusiles y artillería y se veían cubiertos con su sangre, la de sus compañeros y la de sus enemigos.
“Los testimonios de la época dan cuenta de una serie sangrientos enfrentamientos a lo largo del día. Fue un combate librado a todo dar y sin cuartel de ningún tipo”, las tropas de Boves superaban quizás tres y cuatro veces a las fuerzas patriotas, “que en general estaban muy disminuidas en ese momento”.
Las posiciones y las circunstancias de batalla fueron escogidas por Bolívar y por el mismo Ribas. Desde el comienzo tomaron control de las vías de acceso, lo que de algún modo los favoreció. Para entonces ya los patriotas conocían los movimientos de Boves, con quien habían trabado varios combates.
Fueron unas nueve horas de ataques y contraataques, incursiones y resistencia. Los jinetes realistas lograban avanzar hasta la plaza y muchos morían en plena barricada, pero no sin antes hundir sus lanzas en los cuerpos de los patriotas. Buena parte de la lucha fue cuerpo a cuerpo y a cuchillo.
Es Vicente Campo Elías con poco más de 200 jinetes, quien selló la victoria, al entrar en combate y acorralara a los realistas, quienes no lograron contener el embate. 
LA MORAL FORTALECIDA
Si hoy en día la Batalla de La Victoria tiene dimensiones épicas, mucho mayor fue su efecto moralizante. La Batalla de La Victoria demostró que las venezolanas y los venezolanos comprometidos con la causa patriótica ya no estaban dispuestos a rendirse ante los españoles. Iban a dar la pelea o a morir, pero no se entregarían jamás.. Y este fue el espíritu que impregnó la lucha en los años sucesivos.


¿QUIÉN FUE JOSÉ FÉLIX RIBAS Y CUÁL SU TIEMPO HISTÓRICO?
Perteneciente a una de las familias mantuanas de mayor prestigio en las postrimerías del período colonial, José Félix Ribas forma parte del grupo de jóvenes aristócratas que abrazan el ideal de la Independencia de Venezuela frente a España con la mayor devoción.
Ribas personifica el conflicto de una clase que oscila entre la propuesta de emancipación política absoluta respecto a la metrópoli y el otorgamiento de reivindicaciones estratégicas a las clases sociales que conformaban la mano de obra esclava y feudal sobre la cual se sustentaba el orden de castas y estamentos edificado en el territorio venezolano durante los trescientos años que precedieron a la Guerra de Independencia.
La Venezuela que va de 1810 a 1821 (desde el Grito del 19 de Abril hasta la Batalla de Carabobo) se caracterizaba por un tejido de relaciones esclavistas-feudales que debía garantizar a las clases poseedoras su condición de privilegio frente a la mano de obra esclava y enfeudada en el marco de la doble transición que se operaba en Venezuela:
a) por una parte, en cuanto a las relaciones internas de poder, la ruptura definitiva del régimen colonial con la Península y el entronizamiento de las castas mantuanas -y los núcleos que emergían victoriosos de la guerra-, detentadores del poder político interno; 
y b) por otra parte, y en el marco de la transición de la hegemonía del cacao, por la del café, como principal producto venezolano de exportación, la inserción de la economía venezolana en las rutas de la división internacional del trabajo, precisamente en la época en que se materializaba la Revolución Industrial en Europa y Estados Unidos.
José Félix Ribas, miembro de una familia que poseía grandes extensiones de tierra en el centro del país se integra -al lado de otros apellidos asentados en la gran propiedad territorial, como los Toro, los Tovar, los Álamo y los Bolívar, entre otros- al núcleo radical de dicha clase mantuana para conspirar contra el orden colonial español y establecer un modelo de República con un ingrediente social que se sobreponía a los cánones conservadores que predominaban en la clase de la cual formaba parte. Su asistencia al acto de ajusticiamiento de José María España, en la Plaza Mayor de Caracas, su asidua presencia en las tertulias de la “Cuadra Bolívar” y en la casa de los Ustáriz, e igualmente su participación como “Diputado de los Pardos” en los sucesos del 19 de Abril y las sesiones de la Sociedad Patriótica, indican que el futuro “Vencedor de los Tiranos en la Victoria”, además del coraje y resolución demostrado en el campo de las armas, poseía ingredientes de un compromiso revolucionario que sobrepasaba la visión mantuana tradicional.

Fuente:






jueves, 26 de enero de 2017

PAUTAS PARA ELABORACIÓN DE HERBARIO ESCOLAR

ELABORACIÓN DE HERBARIO ESCOLAR

La  finalidad principal de un herbario es la de servir para estudio de las plantas secas que lo componen, es fundamental que las mismas se hayan preparado y se conserven en el mejor estado posible. Para esto, conviene conocer y seguir las pautas básicas  siguientes.

1. RECOLECCIÓN DE LOS MATERIALES PARA EL HERBARIO
         El primer paso es la correcta recolección del material en el campo.
         Las plantas deben ser recogidas tan completas como sea posible, si bien conviene tener en cuenta que arrancarlas totalmente supone la pérdida irrecuperable de los correspondientes ejemplares, por lo que es más aconsejable cortarlos. Debemos, pues, ir al campo provistos de algún instrumento (tijeras, navaja, etc.) que facilite ese objetivo, junto con una serie de bolsas de plástico en las que se guardarán los materiales colectados hasta su preparación para el secado, labor que no debe demorarse nunca más allá del día siguiente a la recogida, y mientras deben ser conservados en lugar fresco (frigorífico, a ser posible). La bolsa de plástico no es recomendable cuando se trate de hongos (setas), dada su fragilidad, en cuyo caso lo más adecuado es una cesta.
No hay que olvidar llevar siempre al campo un cuaderno o papel para notas y lápiz (mejor que cualquier instrumento de tinta, bolígrafo o similar, inservible en caso de lluvia), para anotar la localidad, altitud, hábitat, fecha, etc. de recogida de los especímenes. Es necesario etiquetar adecuadamente cada muestra con todos aquellos datos que luego permitan identificarla, conocer su procedencia y cuándo presentaba tal estado de su ciclo vital.
2. SECADO DEL MATERIAL
         El proceso de secado, y en su caso prensado de las muestras para eliminar todo el agua de ellas, es seguramente la parte más delicada en la confección de un herbario y que condicionará su longevidad así como la calidad del mismo, ya que es el primer paso para evitar su descomposición y destrucción por parte de agentes infectivos (insectos, mohos, bacterias).
         La preparación de los materiales con este fin va a diferir, dependiendo del grupo de vegetales (plantas vasculares, briófitos, líquenes, hongos, algas)  al que pertenezcan.

2.1 Plantas vasculares (helechos y plantas con semillas)
         Este tipo de vegetales se somete a un secado por presión.
         Los ejemplares, con su etiqueta de reconocimiento, se colocan en un pliego de papel de filtro o de periódico y los dis­tintos pliegos se van poniendo unos sobre otros de forma ordenada, introduciendo en­tre ellos almohadi­llas secantes o va­rios papeles de pe­riódico que facili­ten la extracción de la humedad. Es muy importante cuidar la correcta disposición de la muestra sobre el papel, ya  que de ello dependerá el aspecto que tenga después de seca.
         Una vez que hayamos formado una pila (que no debe sobrepasar el medio metro de altura) de pliegos y papel secante, la misma debe ser prensada. A tal efecto, se utilizan habitualmente unas prensas formadas por dos fuertes planchas de madera, entre las que se colocan los pliegos apilados, y que se aprietan, bien por medio de dos ejes-tornillos con tuercas, bien por medio de unas correas. Cuando no es posible disponer de una de estas prensas, pueden colocarse encima de las pilas objetos pesados de superficie plana como, por ejemplo, libros.

El papel de los pliegos así como las almohadillas o papeles absorbentes deben ser cambiados al día siguiente, y en días sucesivos, tantas veces como sea necesario, hasta comprobar que las plantas estén totalmente secas.
         Este método general puede ir acompañado de algún tratamiento especial en el caso de determinados tipos de plantas, como pueden ser las carnosas, bulbosas, etc., o en el supuesto de algunas con flores delicadas (escrofulariáceas, crucíferas, orquidáceas) cuyos colores se ven alterados durante el proceso de secado habitual. Cuando se trata de plantas vasculares acuáticas es recomendable seguir las mismas indicaciones que damos para las algas.

2.2 Briófitos, líquenes, hongos
         Para los briófitos (musgos y hepáticas) y los líquenes se sigue el mismo protocolo de preparación en pliegos de papel de filtro o periódico,  pero luego no necesitan ser prensados.
El secado de los hongos se lleva a cabo mediante una estufa de aire caliente o un desecador de frutas y verduras.

2.3 Algas y plantas vasculares acuáticas

         En la preparación de algas y plantas vasculares acuáticas se utilizan cubetas o bandejas de plástico (o si no se dispone de ellas puede servir un lavabo o pileta cualquiera) que se llenan de agua salada, o dulce si se trata de plantas dulceacuícolas o algas de aguas dulces. Se pone la muestra en el agua hasta que adquiera su forma normal. Sobre una lámina de cristal o plástico rígido, o bien directamente, se sumerge un folio de papel blanco por debajo de la muestra y a continuación aquél se levanta lentamente portando encima la planta, que se va extendiendo cuidadosamente con ayuda de un pincel. El folio blanco con la muestra se coloca en un pliego de papel absorbente, poniendo directamente encima de aquélla un trozo de tela fina que la cubra, para evitar que la solapa del pliego se adhiera a ella. Como se indica en el caso de las plantas vasculares, se forma una pila de pliegos con sus correspondientes almohadillas o periódicos secantes y se prensan. Después de secas, las muestras permanecen habitualmente adheridas al folio. 



3. MONTAJE Y CONSERVACIÓN DEL MATERIAL
         Para su adecuada conservación, el material, una vez que está completamente seco, debe ser montado en cartulinas u hojas de papel de buena calidad, a las que se fija con tira adhesiva (esparadrapo, por ejemplo, no cinta plástica) o un pegamento especial (por ejemplo, acetato de polivinilo) que siendo permanente permita desmontar el material en caso necesario. Es conveniente pegar a la cartulina un pequeño sobre o bolsita, preferentemente de papel blanco o celofán, en el que se puedan poner semillas, frutos o algunos fragmentos que pudieran desprenderse de la muestra.
         Cada cartulina con la muestra montada y etiquetada debe ser incluida en un pliego de papel blanco, satinado, a ser posible.
         Una vez determinado el material, la etiqueta definitiva, que suele ir pegada en la esquina inferior derecha de la cartulina, debe llevar al menos los siguientes datos:
- Nombre científico del taxon, incluida la autoría del mismo.
- Localidad donde se ha efectuado la recolección, siendo conveniente precisar, por este orden: región, provincia, municipio, lugar o población más próxima. Actualmente se recomienda también la referencia al sistema de coordenadas U. T. M. (Universal Transversor Mercator).
- Hábitat, especifi­cando, en la medida de lo posible, las ca­racterísticas del sus­trato, tipo de suelo, altitud, orientación, comunidad vegetal donde se desarrolla el taxon y especies con las que convive.
- Fecha de la recolección.
- Nombre de la per­sona que llevó a cabo la recolección, que se indica precedido de la abreviatura  Leg. (=Legitimavit).
- Nombre de la per­sona que ha determi­nado o identificado el taxon, precedido de la abreviatura  Det. (=Determinavit).
         En los herbarios escolares o personales se acostumbra a apuntar también el nombre de la familia a la que pertenece el taxon. Es imprescindible la clasificación taxonómica de cada especimen. Cuando se trata de herbarios institucionales, y asimismo en algunos particulares, las etiquetas suelen llevar impresos el nombre del Herbario y las siglas con que se conoce internacionalmente.
        
Los líquenes y briófitos se guardan en sobres de papel que, convenientemente etiquetados, se pegan sobre cartulinas, las cuales, a su vez, se protegen en los pliegos blancos normales. También los hongos desecados se conservan en sobres o bolsas de papel o de polietileno con agujeros para mantener cierta aireación. Determinados materiales, como bulbos, rizomas, frutos, fragmentos de madera, etc., que, por su naturaleza o dimensiones, no pueden ser guardados en los pliegos de herbario normalizados, se conservan en frascos o tubos. Por otro lado, algunas plantas y hongos de naturaleza carnosa, así como ciertos materiales delicados (por ejemplo, flores de ciertas orquidáceas) son mantenidos en mezclas alcohólicas, como líquido de Carnoy o alcohol desnaturalizado, entre otras. En todos los casos es necesario cuidar el correcto etiquetado de los frascos.
         Los pliegos conte­niendo las cartulinas con el material montado y etique­tado se agrupan por espe­cies, que se ordenan alfabé­ticamente por géneros y és­tos, a su vez, por familias y, o bien se guardan en cajas  generalmente de cartón rí­gido, o bien, si se trata de un herbario escolar, el conjunto de pliegos se em­paqueta entre dos láminas de cartón resistente que se atarán con cintas.
         En los herbarios de instituciones oficiales las cajas se almacenan en ar­marios de estantes, estando actualmente imponiéndose el uso de armarios compac­tos, con varios cuerpos que se desplazan sobre raíles y permiten el aprovechamiento al máximo del espacio y, por tanto, de la capacidad de almace­naje.
         Para conservar un herbario en óptimas condiciones, es importante ubicarlo en un lugar con humedad y temperatura bajas, con el fin de evitar el desarrollo de insectos, mohos y bacterias que dañen el material almacenado. Por esta razón, los materiales que son incluidos en los herbarios institucionales, y grandes herbarios en general, son previamente sometidos a procesos de congelación o a tratamientos químicos; estos últimos más delicados, sobre todo por su toxicidad para las personas que los aplican, pero más efectivos.
         Uno de los tratamientos químicos más generalizados consiste en el envenenamiento por inmersión de las muestras prensadas (antes de ser montadas) en una solución alcohólica de cloruro de mercurio o sublimado corrosivo. En ocasiones, si lo que se pretende es la descontaminación del local donde está ubicado el herbario o si se trata de un gran volumen de materiales, se recurre a la fumigación con sustancias volátiles.
         En el caso de herbarios personales, es conveniente pulverizarlos con insecticidas cada cierto periodo de tiempo (uno o dos años), o bien, si los pliegos se guardan en cajas, introducir en las mismas algún repelente, como bolas de naftalina.

Tomado de: http://www.unioviedo.es/bos/Herbario/PrepararHerbario/PrepararHerbario.htm

Para ampliar los conocimientos necesarios es recomendable también guiarse por los pasos explicados en:http://reservaeleden.org/plantasloc/alumnos/manual/07a_el-herbario.html
        

jueves, 22 de septiembre de 2016

REFLEXIONES: El cofre de vidrio


EL COFRE DE VIDRIO


Érase una vez un ancianita que había perdido a su esposo y vivía sola. Había trabajado duramente como costurera toda su vida, pero los infortunios la habían dejado en bancarrota, y ahora era tan vieja que ya no podía trabajar.



Las manos le temblaban tanto, que no podía enhebrar una aguja, y la visión se le había nublado demasiado para hacer una costura recta.



Tenía tres hijos, pero los tres habían crecido y se habían casado, y estaban tan ocupados con su propia vida que sólo tenían tiempo para cenar con su madre una vez por semana.



La anciana estaba cada vez más débil, y los hijos la visitaban cada vez menos:



-Ya no quieren estar conmigo; se decía... 
- Tienen miedo de que yo me convierta en una carga para ellos.



Se pasó una noche en vela pensando qué sería de élla y al fin trazó un plan.



A la mañana siguiente, fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le fabricara un cofre grande. Luego fue a ver a su amigo el cerrajero y le pidió que le diera un cerrojo viejo. Por último, fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió todos los fragmentos de vidrio roto que tuviera.



La anciana llevó el cofre a su casa, lo llenó hasta el tope de vidrios rotos, le echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina.



Cuando sus hijos fueron a cenar, lo tocaron con los pies, y mirando bajo la mesa preguntaron:



- ¿Qué hay en ese cofre?



La ancianita respondió:



- ¡No, nada! Sólo algunas cosas que he ahorrado.



Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Lo patearon y oyeron un tintineo. Debe estar lleno con el dinero que ahorró a lo largo de los años susurraron. Deliberaron y decidieron turnarse para vivir con "la vieja"— como le decían—, y así custodiar el "tesoro".



La primera semana el hijo menor se mudó a la casa de la madre, la cuidó y le cocinaba con el mayor esmero. 
A la semana siguiente, lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió el hijo mayor. Así siguieron por un tiempo.



Al fin la anciana nadre enfermó y falleció. Los hijos le hicieron un ostentoso funeral, pues creían que una fortuna les aguardaba bajo la mesa de la cocina, y podían costearse un gasto grande con "la vieja".



Cuando terminó la ceremonia, buscaron en toda la casa hasta encontrar la llave, y abrieron el cofre. Por supuesto, lo encontraron lleno de vidrios rotos.



- ¡Qué burla tan infame! exclamó el hijo mayor ¡Qué crueldad para con sus hijos! 
- ¿Pero, qué podía hacer? - preguntó tristemente el segundo hijo 
- Seamos sinceros. De no haber sido por el cofre, la habríamos abandonado hasta el final de sus días. Estoy avergonzado de mí mismo -sollozó el hijo menor -. Obligamos a nuestra madre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento que ella con papá nos enseñó cuando éramos pequeños.



El hijo mayor muy enojado, volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún objeto valioso oculto entre los vidrios, y los desparramó en el suelo hasta vaciar el cofre.



Los tres hermanos miraron silenciosamente dentro y leyeron una inscripción que la madre les había dejado en el fondo: "Honrarás a tu padre y a tu madre"

martes, 20 de septiembre de 2016


LA BELLEZA DE LA VIDA

En tiempos remotos vivió una noble y prudente mujer, que gobernaba con justicia su rico y verde país. Al morir su esposo, su hijo se convirtió en el único amor de su vida. Lo amaba mucho más de lo que pueda decirse con palabras, y veía amorosamente cómo crecía el tierno e ingenuo joven y se convertía en un hombre robusto. Y no era ella la única que pensaba que era más hermoso que los demás.

Mientras los días iban convirtiéndose en años, la madre comenzó a notar una nube en la hermosa frente del joven que, sin razón aparente, se volvió taciturno y melancólico. Ni las impetuosas galopadas por las verdes colinas, ni las canciones melancólicas, ni las apasionadas miradas de las jóvenes de ojos negros al bailar, podían alejar sus negros humores ni borrar su tristeza.

Meditabundo y abatido, arrastraba su pesar hasta un alejado rincón de los jardines de la mansión y se entregaba a sus ensoñaciones melancólicas. Hasta que la buena madre ya no pudo soportar más la tristeza de su hijo.

-Hijo mío, ¿dime qué pensamientos dolorosos mortifican tu cabeza, qué penas impiden que en tus labios se dibuje una sonrisa?

-Madre, me gustaría contestarle con otra pregunta: ¿dónde está mi padre?

-¿Tu padre? -preguntó sorprendida la madre-. Pero… hace mucho tiempo que ha muerto.

-¿Muerto? ¿Qué significa eso? -preguntó el joven con ansiedad.

-Hijo mío, todos nosotros procedemos de la tierra y a ella debemos volver un día. Llegará el momento en que la buena Madre Tierra nos recibirá de nuevo en su seno. Eso, hijo mío, es lo que significa morir.

-No entiendo. Así que Dios que nos ha dado la vida, ¿lo hizo para volvérnosla a quitar? No, eso no es posible. Tiene que haber en la tierra un lugar donde exista la vida eterna y personas que no conozcan la muerte. Iré en busca de ese lugar a encontrar la inmortalidad. Madre querida, te ruego me perdones por dejarte, pero si me quedara, estoy seguro que moriría de pesar.

En vano le suplicó la pobre madre que permaneciera a su lado; en vano derramó amargas lágrimas; en vano se consumía en su dolor. Su hijo no cedió a sus súplicas. Un buen día la abrazó y se puso en camino en busca de la vida eterna.

Durante mucho, muchísimo tiempo el joven caminó por el mundo y visitó muchos países, y por ninguna parte encontró la tierra de la inmortalidad. Un día llegó a una llanura y sin árboles. Al mirar a lo lejos vio contra el claro cielo azul la figura de un venado inmóvil con la cornamenta erguida.

Al acercarse, el venado le preguntó:

-Joven, ¿qué buscas en esta tierra estéril?

-Busco el país de la inmortalidad.

-¿La inmortalidad? No existe semejante cosa. Pero, mira, ¿ves el cielo inmenso y azul sobre nosotros? Mi destino es permanecer inmóvil en esta llanura, hasta que mis cuernos lleguen al cielo. ¿Quieres quedarte conmigo todo este largo tiempo? Te prometo que durante todos esos años serás inmortal. Únicamente cuando mi misión haya sido cumplida, morirás.

-¡No, vale! -contestó el muchacho-. Ni siquiera cientos de siglos son la inmortalidad. Y yo quiero ser inmortal. Adiós, amigo.

Continuó su camino y poco después llegó a unas desnudas rocas, cuyas cimas se alzaban tanto que atravesaban las nubes. Y en la cima más alta, sobre un profundísimo barranco, estaba una gallina negra. El muchacho se empeñó día y noche para subir la escarpada montaña hasta que llegó a donde se hallaba la gallina.

-¿Por qué has venido? -le preguntó la gallina-. ¿Qué buscas en esta montaña olvidada de la mano de Dios?

-La inmortalidad -contestó el joven.

-¿La inmortalidad? No existe tal cosa. Pero, escucha: mira ese profundísimo barranco que se abre ante ti. Mi desventurado destino es permanecer aquí hasta que con mi pico quite todos los granos de arena y todos los granos de tierra de esta montaña y llene con ellos totalmente el barranco. Te invito a quedarte conmigo todo el tiempo que dure mi tarea. Te prometo que serás inmortal todo este tiempo.

-¡No, chica! -dijo el muchacho-. ¿Qué me importan a mí todos esos siglos? Yo busco la inmortalidad y algún día la encontraré. iAdiós! y de nuevo encaminó sus pasos hacia lo desconocido.

Después de andar miles y miles de kilómetros llegó hasta el fin del mundo.

Al llegar a una populosa ciudad vio un hermoso arco iris y buscó una de sus puntas; atravesó ríos, valles y montañas bajo el espléndido arco iris hasta contemplar un inmenso y maravilloso océano que se extendía ante él. Olas azules y transparentes rompían con fragor, espumas blancas salpicaban la arena de la playa y chocaban suavemente contra sus pies. Y lejos, muy lejos en la ilimitada distancia, más allá del fin del arco iris, a través de una niebla dorada y rosácea, brillaba una luz divina y maravillosa. Parecía estar llamándolo, acariciaba su alma, hacía latir con fuerza su corazón y lo atraía hacia ella.

En un instante el extasiado joven fue transportado hasta la otra orilla. Se vio en un reluciente y deslumbrante palacio y ante él, radiante en medio del brillo de infinitas piedras preciosas, vio a la más hermosa doncella que nunca hubiera visto.

No sabía quién podía ser, pero incluso las estrellas y los rayos del sol palidecían ante su deslumbrante belleza. Su voz llegó hasta él como el suave susurro del terciopelo sobre un lecho de seda.

-Bienvenido, muchacho, a mi reino eterno. Nací el primer día de la creación y he de permanecer aquí hasta el fin de los tiempos. Mientras permanezcas a mi lado, renunciando a la vida eterna, la muerte no te podrá alcanzar. Lograrás la inmortalidad. Porque yo soy la Belleza de la Vida.

El joven se quedó muy a gusto. Pasaron mil años y él, sin cansarse nunca de la belleza de ella, no apartaba los ojos de su maravilloso rostro.

Y pasaron más siglos. Pero, poco a poco, a lo largo de los tiempos, comenzó a dolerle el corazón, y un día le dijo a la hermosa diosa:

-Divina beldad, ¿cuántos años han pasado desde que vi por última vez a mi amada madre, las colinas y verdes valles de mi patria?

-¡Ah!, ya me doy cuenta -dijo la Belleza- de que la Madre Tierra no renuncia fácilmente a lo que le pertenece. Ve, pues; doblégate a la ley universal, cumple tu humano destino. Pero llévate este regalo en memoria mía: dos flores, una roja como la sangre y otra blanca como la leche. Si deseas vivir tu vida en la tierra otra vez para disfrutar los muchos años que has perdido contemplando mi belleza, no tienes más que oler la flor roja. Si llegas a entender la belleza de la muerte, lleva la flor blanca a tu nariz y aspira profundamente su olor.

Y tras despedirse de la divina Belleza de la Vida, el joven retornó al camino por el que había llegado. En su viaje de regreso vio la montaña sobre cuya cumbre todavía estaba el venado. Lo llamó, pero no obtuvo respuesta. Subió a la cima para verlo de cerca y al tocarlo su cuerpo se deshizo en polvo. Miró hacia abajo y no vio ni rastro del profundo barranco: estaba lleno de arena y de la tierra de la montaña. Aquella vieja gallina negra había cumplido su misión en la tierra y, por ende, había ganado la paz eterna.

Siguió andando y llegó hasta la tranquila llanura donde estaba el venado. Todo lo que quedaba era un blanco esqueleto y una calavera quemada por el sol de la que salían dos cuernos que, a través de las nubes, llegaban hasta la bóveda celeste. Igual que la gallina, también el venado había cumplido su misión en la tierra y ganado el merecido descanso eterno.

Por fin, llegó a su tierra natal. Pero, ¿qué es lo que veía? No reconocía ni a una sola persona, ni una sola casa. Donde una vez hubo tierras baldías, se alzaban ahora pueblos y ciudades bulliciosas. Personas desconocidas vestidas de modo extraño hablaban una lengua incomprensible y poblaban aquel país; y él no era capaz de entender nada de lo que decían. Allí estaban las montañas conocidas donde había visto la luz por primera vez, donde había crecido, donde había abandonado a su amada madre.

Pero, ¿dónde estaba ella? ¿Dónde la casa en que vivía con su madre? Ahora todo estaba abandonado, en ruinas, todo silencioso como una tumba y únicamente bloques
de piedra cubiertos de musgo eran testigos de la otrora mansión.

Lentamente se acercó todavía un poco más y vio con el corazón anhelante la antigua atalaya todavía erguida en la colina donde había cantarinas fuentes, donde resonaban dulces melodías y donde los pies de las muchachas en otro tiempo corrían por el engramado.

Corrió hacia la atalaya y se encontró con un anciano curvado por el peso de los años. El anciano estaba sentado sobre la lápida de una tumba, murmurando una plegaria con labios temblorosos.

-Dime, padre santo -dijo el joven atropelladamente, interrumpiendo el rezo de aquel hombre-. ¿No es este el lugar donde en otro tiempo vivía mamá, la gloriosa y gran gobernante de su pueblo con tanta justicia? Yo soy su hijo y único heredero. Si mi madre ya no vive, entonces yo soy ahora el gobernante.

El anciano le dijo, apenas puedo entender tus palabras, joven; no hablas nuestro idioma. Hablas igual que las antiguas crónicas. Hace tiempo que las estudié y por eso entiendo algo de lo que dices. Sí, existe una leyenda, no sé si es cierta, que cuenta que vivió una gran dama hace miles de años. Si no recuerdo mal, tenía un hijo -o, al menos, eso es lo que dice la leyenda- que se fue de su lado y desapareció sin dejar huellas. La madre murió con el corazón destrozado por la ausencia de su hijo y, al cabo de muy poco tiempo, sus propiedades se extinguieron con ella.

El muchacho guardó silencio mucho rato, mientras resbalaban por sus mejillas abundantes lágrimas de dolor. Por fin, alzó su lloroso rostro a los cielos y exclamó:

-¡Dios eterno secreto del tiempo! ¿Qué soy yo ahora? ¿Nada más que una leyenda olvidada?

Inmediatamente, sacó la flor roja, la acercó a su nariz y aspiró su fragante olor. Al instante envejeció; se convirtió en un anciano, débil y encorvado; sus vivos ojos se apagaron, su bronceada piel se secó y arrugó sobre sus viejos huesos. Ya no le quedaban fuerzas ni para llevar la mano hasta el bolsillo donde guardaba la flor blanca. Con un sordo murmullo llamó al viejo sacerdote:

-Pronto, padre, tome la flor blanca de mi bolsillo y acérquela a mi nariz, para que pueda aspirar su fragancia y conocer por fin las misteriosas delicias de la muerte.

Murió. Lo enterraron y volvió a la tierra de donde había venido, y nadie molestó su sueño. Pero sobre su tumba crecen todos los años dos flores: una roja y otra blanca.

Tomado de:
http://albalearning.com/audiolibros/cuentos/belleza.html
Adaptación: Prof Gonzalo V Solano L

jueves, 8 de septiembre de 2016

Valores: Ignacio Manuel Altamirano


Oh! ¡cuánto pensé en ti llenos los ojos
de lágrimas amargas! ... la existencia.
Fue ya un martirio, y erial de abrojos


El sendero del mundo con tu ausencia.


RECUERDOS

Se oprime el corazón al recordarte,
Madre, mi único bien, mi dulce encanto;
se oprime el corazón y se me parte,
y me abrasa los párpados el llanto.

Lejos de ti y en la orfandad, proscrito,
verte nomás en mi delirio anhelo;
como anhela el presito
ver los fulgores del perdido cielo.

¡Cuánto tiempo, mi madre, ha transcurrido
desde ese día en que la negra suerte
nos separó cruel!... ¡Tanto he sufrido
desde entonces, oh Dios, tanto he perdido,
que siento helar mi corazón de muerte!

¿No lloras tú también ¡oh madre mía!
Al recordarme, al recordar el día
en que te dije adiós, cuando en tus brazos
sollozaba infeliz al separarme,
y con el seno herido hecho pedazos,
aun balbucí tu nombre al alejarme?

Debiste llorar mucho. Yo era niño
y comencé a sufrir, porque al perderte
perdí la dicha del primer cariño.

Después, cuando en la noche solitaria
te busqué para orar, sólo vi el cielo,
al murmurar mi tímida plegaria,
mi profundo y callado desconsuelo.

Era una noche obscura y silenciosa,
sólo cantaba el búho en la montaña;
sólo gemía el viento en la espadaña
de la llanura triste y cenagosa.

Debajo de una encina corpulenta
inmóvil entonces me postré de hinojos,
y mi frente incliné calenturienta.

¡Oh! ¡cuánto pensé en ti llenos los ojos
de lágrimas amargas! ... la existencia.
Fue ya un martirio, y erial de abrojos
El sendero del mundo con tu ausencia.


Mi niñez pasó pronto, y se llevaba
mis dulces ilusiones una a una;
no pudieron vivir, no me inspiraba
el dulce amor que protegió mi cuna.

Vino después la juventud insana,
pero me halló doliente caminando
lánguido en pos de la vejez temprana,
y las marchitas flores deshojando
nacidas al albor de mi mañana.

Nada gocé; mi fe ya está perdida;
el mundo es para mí triste desierto;
se extingue ya la lumbre de mi vida,
Y el corazón, antes feliz, ha muerto.

Me agito en la orfandad, busco un abrigo
donde encontrar la dicha, la ternura
de los primeros días; ni un amigo
quiere partir mi negra desventura.

Todo miro al través del desconsuelo;
Y ni me alivia en mi dolor profundo
el loco goce que me ofrece el mundo,
ni la esperanza que sonríe en el cielo.

Abordo ya la tumba, madre mía,
me mata ya el dolor... voy a perderte,
y el pobre ser que acariciaste un día
¡Presa será temprano de la muerte!

Cuando te dije adiós, era yo niño:
diez años hace ya; mi triste alma
aún siente revivir su antigua calma
al recordar tu celestial cariño.

Era yo bueno entonces, y mi frente
nuy tersa aún tu ósculo encontraba...
Hace años, de dolor la reja ardiente
allí dos surcos sin piedad trazaba.

Envejecí en la juventud, señora;
que la vejez enferma se adelanta,
cuando temprano en el dolor se llora,
cuando temprano el mundo desencanta,
y el iris de la fe se descolora.

Cuando contemplo en el confín del cielo,
en la mano apoyando la mejilla,
mis montañas azules, esa sierra
que apenas a vislumbrar mi vista alcanza,

Dios me manda el consuelo,
y renace mi férvida esperanza,
y me inclino doblando la rodilla,
y adoro desde aquí la hermosa tierra
de las altas palmeras y manglares,
de las aves hermosas, de las flores,
de los bravos torrentes bramadores,
y de los anchos ríos como mares,
y de la brisa tibia y perfumada
do tu cabaña está mujer amada.

Ya te veré muy pronto madre mía;
ya te veré muy pronto, ¡Dios lo quiera!
Y oraremos humildes ese día
junto a la cruz de la montaña umbría,
como en los años de mi edad primera.

Olvidaré el furor de mis pasiones.
me volverán rientes una a una
de la niñez las dulces ilusiones,
el pobre techo que abrigó mi cuna.

Reclinaré en tu hombro mi cabeza
escucharás mis quejas de quebranto,
velarás en mis horas de tristeza
y enjugarás las gotas de mi llanto.

Huirán mi duda, mi doliente anhelo.
recuerdos de mi vida desdichada;
que allí estarás, ¡oh ángel de consuelo!
pobre madre infeliz... ¡madre adorada!.

Ignacio Manuel Altamirano



lunes, 5 de septiembre de 2016

Valores: Enrique González Martínez

No desdeñes al pájaro de argentina garganta
que se queja en la tarde, que salmodia a la aurora.

"Desciende a las profundidades de ti mismo, 
y logra ver tu alma buena.
 La felicidad la hace solamente uno mismo 
con la buena conducta"
Sócrates

Estos tres poemas te ayudarán a descender a tus profundidades:



BUSCA EN TODAS LAS COSAS. . .

Busca en todas las cosas un alma y un sentido oculto; 
no te ciñas a la apariencia vana;
husmea, sigue el rastro de la verdad arcana,
escudriñante el ojo y aguzado el oído.

No seas como el necio, que al mirar la virgínea
imperfección del mármol que la arcilla aprisiona,
queda sordo a la entraña de la piedra, que entona
en recóndito ritmo la canción de la línea.

Ama todo lo grácil de la vida, la calma
de la flor que se mece, el color, el paisaje.
Ya sabrás poco a poco descifrar su lenguaje. . .
¡Oh divino coloquio de las cosas y el alma!

Hay en todos los seres una blanda sonrisa,
un dolor inefable o un misterio sombrío.
¿Sabes tú si son lágrimas las gotas de rocío?
¿Sabes tú qué secreto va contando la brisa?

Atan hebras sutiles a las cosas distantes;
al acento lejano corresponde otro acento.
¿Sabes tú donde lleva los suspiros el viento?
¿Sabes tú si son almas las estrellas errantes?

No desdeñes al pájaro de argentina garganta
que se queja en la tarde, que salmodia a la aurora.
Es un alma que canta y es un alma que llora. . .
¡Y sabrá por qué llora, y sabrá por qué canta!

Busca en todas las cosas el oculto sentido;
lo hallarás cuando logres comprender su lenguaje;
cuando sientas el alma colosal del paisaje
y los ayes lanzados por el árbol herido. . .

*****

TUÉRCELE EL CUELLO AL CISNE.

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda. . .y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno. . .

El no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.

*****

CUANDO SEPAS HALLAR UNA SONRISA. . .

Cuando sepas hallar una sonrisa
en la gota sutil que se rezuma
de las porosas piedras, en la bruma,
en el sol, en el ave y en la brisa;

cuando nada a tus ojos quede inerte,
ni informe, ni incoloro, ni lejano,
y penetres la vida y el arcano
del silencio, las sombras y la muerte;

cuando tiendas la vista a los diversos
rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio
sea como potente microscopio
que va hallando invisibles universos,

entonces en las flamas de la hoguera
de un amor infinito y sobrehumano,
como el santo de Asís, dirás hermano
al árbol, al celaje y a la fiera.

Sentirás en la inmensa muchedumbre
de seres y de cosas tu ser mismo;
serás todo pavor con el abismo
y serás todo orgullo con la cumbre.

Sacudirá tu amor el polvo infecto
que macula el blancor de la azucena,
bendecirás las márgenes de arena
y adorarás el vuelo del insecto;

y besarás el garfio del espino
y el sedeño ropaje de las dalias. . .
y quitarás piadoso tus sandalias
por no herir a las piedras del camino.

     Enrique González Martínez

Reflexiones: Prefiero


Prefiero

Prefiero observar a un maestro
que oír a uno cualquier día;
prefiero tener a uno caminando conmigo
que simplemente mostrándome el sendero.

El ojo es mejor discípulo
y está más dispuesto que el oído.

Un buen consejo confunde,
pero siempre es claro el ejemplo vivido.

Y los mejores maestros son aquellos que practican lo que dicen;
porque ver la verdad de Dios en acción
es lo que todos realmente queremos.

Puedo aprender rápidamente
cómo hacerlo si tú me lo muestras hecho.
Puedo ver tu vida en acción,
pero tal vez no comprenda todo lo que dices.

Tus clases y relatos pueden ser muy acertadas;
pero prefiero aprender mis lecciones observando lo que haces.

Quizá malentienda un gran consejo;
pero no hay malentendidos en cómo actúas y vives.
¡Prefiero observar a un maestro que oír a uno cualquier día!